Cuando me siento mal cambio BRONCA por BRANCA y todo pasa a ser un problema gramatical.

viernes, 3 de mayo de 2013

Imprevisto


Tomb tomb, tomb tomb… 

Seis de la de la mañana en la capital. Se levanta y sin abrir los ojos palpa sus lentes en la mesita de luz. Va al baño, se los saca y se lava la cara para volver a ponérselos. Mientras retoca su barba con la Philips, mira su Smartphone que acaba de sonar. <<Soja Rosario $1657>> puta madre, hubiera vendido antes. No importa, puede esperar a que suba otra vez. 

Se sirve su café mientras nota en su antebrazo que la bata de seda ya tiene pelotitas y el brillo no es el mismo, va a tener que cambiarla. Toma del pocillo y entre sorbo y sorbo ojea el Ámbito que el canillita le dejó en la ventana. <<Oficial 5.13/ Blue 9.30>> menos mal que compró ayer. Alivio. 

Se calza el traje correspondiente (los tiene acomodados por día de la semana), chequea la hora de su Rolex y se acomoda la corbata. Mientras tanto ve en el espejo que su mujer lo mira desde la cama. Sabe que a ella le impresiona el hombre de negocios hecho y derecho en el que se convirtió su marido, lo ve en sus ojos cada mañana mientras la espía por el espejo y le dice que la verá en la tarde si el tráfico no está muy pesado, sino, deberá esperar la noche. 

Sin más, abre la puerta al tiempo que toca el botón rojo de la llave de su Audi para agilizar la cosa. 

Un día largo lo espera. 

Tomb tomb, tomb tomb… 

En la oficina ha logrado un grado de perfección que muchos le elogian. Al llegar, su secretaria le lee la lista de actividades mientras él las ordena por prioridad. 

–Gonzalez pidió cita, quiere ver el tema sueldo. 
–Pasamelo para la tarde, que espere un rato a ver si se cansa y desiste. 
–El gerente del banco viene a en media hora. 
–Que espere cinco minutos y después lo haces entrar (siempre es bueno no darle a entender a la gente que se la está esperando, mejor pasar por ocupado). 
–Su papá llamó ayer a las cinco como me dijo que le diga, Ud no estaba. 
–Si llama hoy y no tengo gente en la oficina me lo pasas, pero a los tres minutos me abrís la puerta y me decís que tengo una llamada importante. 
–Llamaron los de FirstMan, quieren saber cuándo terminan su propuesta. 
–Llamale ya y pasamelos, si llega el del banco y sigo hablando que espere un poco más. 

Qué seguro suena desparramando órdenes. Se da cuenta de que su secretaria lo ve con otros ojos hace un tiempo, sabe que es imposible para una mujer de su edad no sucumbir en el deseo ante semejante poderío, ante tanta madurez y envidiable seguridad. 
Vuelve a mirar su Rolex y entra a su oficina. Seria, bien organizada, digna de él. “SU” oficina. 

Tomb tomb, tomb tomb… 

El día fue productivo. Sus acciones siguen en alza, sus inversiones aún son rentables. Su padre llamó pero no le quitó mucho tiempo (el viejo sabe que está muy ocupado). Si el mes cierra como lo calculó, tal vez pueda cambiar su auto, ya está un año viejo. 

Su hijo está en la escuela y para cuando él llegue estará dormido, no tendrá que escuchar los gritos y correteos. El sábado lo lleva a comer a Mc Donalds y con eso cumple su rol, sabe que le da una buena educación y que la niñera es la más cara del servicio de baby sister, se complace al verse tan buen padre. 

Tomb tomb, tomb tomb… 

Su vida es un éxito. 

Tomb tomb, tomb tomb… 

Tiene todo exactamente controlado, incluso sus sentimientos. Sabe que de haber sido bombero como quería, hoy no tendría nada de lo que tiene. Sería un fracaso. Mejor no añorar sus deseos cada vez que ve un autobomba. 

Tomb tomb, tomb tomb… 

Que satisfacción haber conseguido con su sudor una vida tan perfecta. De lo único que podría quejarse es de esa molestia a la altura del pecho que tuvo toda la mañana, pero sería de desagradecido quejarse por semejante pavada. 

Tomb tomb, tomb… click… 

Su corazón se detiene mientras camina por el pasillo. Su secretaria corre asustada hacia él. No puede mover sus extremidades. El de seguridad abre la puerta, ve cómo la camilla viene hacia él. No puede mantener sus ojos abiertos, lentamente ve cómo sus párpados le achican la imagen de los paramédicos apretándole el pecho. Uno agarra dos círculos que parecen planchas y mientras, mira al otro esperando que le dé la orden. Los parpados ya no dan más, intenta abrirlos pero no puede. Recuerda que hoy no besó a su mujer y que hace dos días no ve a su hijo. Cuando pase de ésta va a estar más con su familia. 

Siente un sacudón. Le pinchan el brazo. 

Piip……piip… 

Su padre llamó para decirle que quizá el domingo podían comer en su casa de la infancia. Le dijo que estaba ocupado. Hace más de dos meses que no los ve. Su padre habla demasiado y le da pena ver a su madre porque no lo reconoce <<maldito Alzheimer>>. Cuando zafe de ésta, hará un esfuerzo y los visitará al menos cada quince días. 

Piip…………..piip… 

Se le complica ya pensar, seguramente lo estarán durmiendo. Cómo se le pudo haber escapado ir al control anual que su médico le recomendó. Hubiera perdido una mañana de su valioso tiempo, ¿cómo quería que lo hiciera? 

Piip………………..Piip… 

Cómo quisiera ahora, estar manejando su Audi en dirección a su casa. ¿Es eso lo que quiere? ¿O en realidad lo que quiere es estar en casa y abrazar a su mujer mientras escucha el barullo de su hijo jugando al fútbol en el pasillo? Tal vez los ojos que veía cada mañana por el espejo no mostraban admiración, tal vez su mujer sentía lástima por él, que tenía que volver a irse, por ella que otra vez quedaba sola. El Audi ya no le importa, si llega en colectivo o en bicicleta le da lo mismo. Lo único que quiere es estar en su casa, pero la ambulancia va a otro lado. 

Piip………………………Piip… 

Tanto tiempo perdido entre números y estadísticas para asegurar sus ingresos, para tener un buen pasar. 

Piip…………………………………….Piiiiiiip… 

¡No! ¡No se le puede haber escapado! ¡Tiene que haber un error! ¡Todavía tiene cosas por hacer! 

Piiiiiiiiiiiip… 

¡Qué injusto es el de arriba! ¡No, por favor, no! 

Piiiiiiiiiiiiiiip… 

Qué horrible sensación darse cuenta. 
Él, que lo tenía todo controlado. Él que lo llevaba todo calculado. 

Piiiiiiiiiiiiiiiiiiii… 

Él, justamente él, acaba de enterarse –y ya es tarde – que ha vivido equivocado.

miércoles, 24 de abril de 2013

La felicidad de los simples.


Un señor contreras (que antes estuvo en contra de la misma gente para la que hoy trabaja y defiende, cosa que a la luz de los pensantes lo hace poco serio) le pone una cámara oculta a un pendejo con plata y se frota las manos contento (más por los dividendos que ésta le va a traer y por lo bien que quedará con sus jefes que por el logro periodístico).

Un pendejo con plata (que nadie sabe de dónde salió y que según él no tiene porqué explicar su procedencia) dice haberle tendido una camita al señor contreras, para que muerda el anzuelo y quede evidenciado él y  sus patrones como comunicadores poco comprometidos con la verdad (como si esto no estuviera ya evidenciado). Sale al otro día a los programas de chimentos a decir que todo lo que dijo era mentira y que la verdad se la dará a la justicia a su debido tiempo.

Una señora muy aseñorada (que no sube al colectivo, pero tampoco paga nada) se maquilla su cara de preocupación ante el espejo con marco dorado intentando no dar a conocer su rostro espantado ante tamaño revuelo que armaron el señor contreras y el pendejo con plata. Le alivia un poco el saber que tal vez – si se le da la reforma– se podrá asegurar que el pendejo con plata diga la verdad en la justicia (aunque lo que diga no sea verdad, o si, eso no importa).

Un empresario de dudosos escrúpulos gasta el teclado de su Blackberry. Llama al contreras y le ofrece plata, llama al pendejo y lo amenaza, llama a la señora y le ofrece más plata.

Un guacho que limpia los vidrios se queja ante la vidriera de la cadena de electrodomésticos más grandes del país porque en los televisores dejaron de pasar el futbol y ahora hace un día que pasan las mismas imágenes del pendejo, de la Ferrari, del contreras, del empresario y de la señora.

El señor contreras se va a dormir con suculento plato de ñoquis revoltijeandole en el estómago y su ego ni siquiera entra en su cama.

El pendejo con plata se va a dormir con un tick nuevo en el ojo, producto de los nervios que pasó hoy ante las cámaras. Le calma pensar que durante un tiempo –
gracias a sus gastos desmedidos –  se manduqueó a una de las mejores curvas sin cerebro del país.

La señora se va a dormir con un Alplax bajo la lengua (de otra manera no conciliaría el sueño).

El empresario se va a dormir mientras le encarga a su secretaria un celular nuevo y con teclas más resistentes.

El guacho que limpia vidrios acomoda tres cartones frente a la vidriera y le vuelve la sonrisa a la cara cuando ve el fútbol nuevamente en la pantalla. Se tapa con una frazada que rescató de un camión que iba para La Plata. Apoya la cabeza en la bolsa con sus cepillos y trapos que de noche le hace de almohada. Le ruega al de arriba que el policía de la otra cuadra esté muy entretenido intentando resolver lo del gordo y el pendejo y se olvide de despertarlo a las patadas por obstruir la vía pública.
 Un titular en el LCD de 42 pulgadas le interrumpe el ruego. Una sonrisa le atraviesa la cara de oreja a oreja: Belgrano le metió tres a Quilmes y quedó con 13 en la tabla.
Se duerme plácidamente.

¡Viva el fútbol para todos!

viernes, 19 de abril de 2013

Papelitos (de Jorge Mario a Francisco)


Es el tercer papelito seguido que tiene tu nombre. Las caras se vuelven a tu silla.

No fuiste para quedarte, lo sabes, pero también sabes que eso no lo decidís vos. Agachas la cabeza mientras escuchas.

El que se sienta a tu lado te sostiene el brazo y te lo aprieta en signo de compasión. Un nudo se te trenza en la garganta mientras pronuncian tu nombre otra vez, ahora ya perdiste la cuenta pero supones que van diez.

Sabes lo que te dolió dejarlo todo, lo que te costó alejarte y lo que te cuesta día a día decir que no a pequeños placeres para decir sí al amor de tu vida.
Sabes que el amor de tu vida es muy distinto al de las novelas. Sabes que el amor que elegiste requiere dejarlo todo, requiere sacrificio y entrega. Recordás las palabras de la viejita que tanto te enseño <<Amar hasta que duela>>, sabes que lo intentaste a cada instante y que a veces te dolió demasiado.

Un frío te recorre el cuerpo y sigue siendo tu nombre el que más suena en el lugar, en el inapropiadamente lujoso lugar. <<Talvez hayan ordenado los papeles alfabéticamente>> pensás para consolarte, pero sabes que eso es imposible. No importa, te calma por un instante, el instante que transcurre hasta que vuelven a decir tu nombre.

Sabes que la vida te va a seguir tentando con facilismos y lujos ostentosos, sabes que a veces caíste pero sabes también que siempre te levantaste, o más bien que El siempre te ayudó a levantarte.

Sabes que ese amor tan grande al que intentas cada día corresponder, hoy como muchas veces, te pide un paso más. Sabes lo que eso implica. Sabes que tenes que volver a dejarlo todo y por momentos lo consideras injusto <<Ya dejé todo mil veces>> pensás mientras te vuelve la frase para librarte de ese pensamiento <<hasta que duela>>, y lo repetís en tu mente para no darle paso a lo que vos consideras y dejarlo actuar a Él una vez más, una más, otra de tantas.

Ahora ya no controlas el movimiento de tus pies, el compañero que te apretaba lo hace con más fuerza y desde el hombro, como intentando transferirte algo de tranquilidad. Se queda en el intento, es imposible no caer en temblequeos en semejante momento.

Sabes que circulan unos rumores de que la vez anterior dijiste que no, sabes que eso seguramente le servirá como alimento a algún contreras que te acusará de flojo.

Sabes que lo primero que tirarán en tu contra será tu accionar en tiempos pasados de gorras verdes y almas negras en tu país. Sabes que hiciste todo lo posible, lo que estuvo a tu alcance. Sabes que quizá no fue suficiente -aunque diste todo- y eso te apena. Sabes que la poca experiencia en esos, tus primeros años, otros la tomarán como apoyo al tirano. Otros que seguramente a esa época la miraron por la ventana, o la leyeron en una revista y por eso hoy le sobran palabras para hablar de más sobre el tema. Sabes que esos otros hablan por hablar pero sabes también que no te corresponde a vos juzgar, justamente por ello no lo haces, no los juzgas. Te callas.

Las palabras pasan por el aire, te quedan dando vueltas en la cabeza y cuando llegan las justas te las quedas pensando, repitiéndolas. <<Señor, quisiera que pase de mi este cáliz, pero que se haga tu voluntad y no la mía>> son las palabras que antecedieron a la entrega de amor más grande en la historia de la humanidad. Sabes que le debes tu vida a esas palabras, a esa entrega y por eso te las repetís e intuis que esta vez tampoco pasara de vos ese cáliz. Lo sabes y por eso respiras hondo y cerrás los ojos para repasar tu vida o tal vez para verte por última vez  como lo que sos y lo que dejarás de ser. Una lágrima cae tímida al entender la magnitud de la entrega.

Ya no verás seguido a tu familia, ni siquiera irás a despedirte de ellos. Ya no caminarás como uno más entre la gente como tanto te gustaba. Ahora las multitudes se apretarán para tocarte aunque te sientas indigno de ese halago. Sabes que hay sólo Uno digno de semejante adoración y sabes que Él tampoco la aceptaría, pero la historia y el ansia de poder hicieron que muchos de tus antecesores gustaran de esas adulaciones y aplausos desmedidos. Sabes que la gente se acostumbró a ver  a la persona en que te convertirás como salida de otro mundo, como bajada del cielo, sabes que te costará que lo entiendan y aunque te cueste harás lo imposible por cambiar esa imagen, para que te vean como lo que sos: uno más, quizá el más pequeño y el más mendigo, pero sobre todo el más servidor.

<<Deja todo y sígueme>> Recordás las palabras al joven rico y te parece que te las está diciendo hoy a vos, otra vez, otra de tantas.

Otra vez te convences y lo dejas todo en sus manos. Aunque creas que ya estás viejo y no te da para estos trotes, sabes que Él cree justamente lo contrario, sabes que Él sabe mucho mejor que vos de lo que sos capaz. Sabes también que si no te sentís preparado es porque Él no elige a los preparados, sino que prepara a los elegidos. Todo esto lo sabes y aunque no lo entiendas te entregas una vez más, otra de tantas.

Tu nombre suena una otra vez y esto genera un murmullo que deriva en aplauso. El que antes te apretaba ahora te palmea y se acerca a decirte algo.

Sabes lo que viene y sabes que no era lo que esperabas. A la edad en que deberías jubilarte te encargan el trabajo más duro de tu vida. Sabes bien a lo que te enfrentas y te da miedo, pero Él te lo pide una vez más, y una vez más agachas la cabeza y aceptas. <<Hágase en mi según tu palabra>> repetís para tus adentros mientras seguís sin entender porqué a vos, aunque igual lo aceptas.

 Las palabras que te acaba de decir tu compañero te dan una pauta << No te olvides de los pobres>>, las lágrimas te nublan la vista. Ahora empezás a entender, vas a seguir trabajando  para tu Señor, para el Señor de todos, pero sobre todo le vas a hacer entender a todos quién es Él, cómo es Él, tu Señor. El que no conoce de protocolos ni de grandes reconocimientos, El que rechaza con asco a los grandes títulos que se otorgan los mundanos, El que a fin de cuentas sabes que te juzgará por el <<tuve sed y me diste de beber, tuve hambre y me diste de beber, estuve enfermo y me curaste…>> Tú Señor, el Señor de todos pero sobre todo el Señor de los pobres y los humildes de corazón.

<<Lo que hagan por el más pequeño de los míos me lo hacen a mí>> recordás.  Entonces elegís el nombre del más pobre y humilde que recordás y pedís lo que siempre quisiste  <<una Iglesia pobre y para los pobres>>.

lunes, 21 de enero de 2013

Navidades paralelas


Uno.

Aquel veinticuatro estuve a punto de tirar la toalla antes de noche buena.  

Si es que hay un día en que me arrepiento de haber sido enfermero es en vísperas de navidad,  el veinticuatro de diciembre entrada la tardecita. 

Podría arrepentirme de mi oficio por muchos motivos y en muchos momentos. Podría haberlo hecho cuando la mitad de mis compañeros de salida me catalogaban de puto por la carrera que había elegido (terminé tapándoles la boca la vez que me vieron manejando el lujoso Audi A4 de la doctora más joven, más rubia y más buena del círculo médico provincial), también podría haber tirado todo al diablo cada vez que la mamá de un nene dolorido por un pinchazo me trató de incompetente / insensible / incomprensible y cuantas palabras comenzadas en “in” Ud. se imagine  (sí, no se ría… también insecto), pero no lo hice.  En ninguno de los momentos desalentadores de mi carrera se me ocurrió arrepentirme de mi vocación hasta que llegó el primer veinticuatro de diciembre y me di cuenta de que cada año que me tocara pasarlo en el hospital, tendría que hacer el esfuerzo sobrehumano de no presentar la renuncia, de aguantármela hasta el otro día, cuando sabía que las cosas volverían a la normalidad.

Para que se dé una idea, en cualquier hospital normal la noche buena pasa volando, y la velocidad del paso de los segundos es directamente proporcional al tamaño de la ciudad de la que estemos hablando. Los quemados con pirotecnia son moneda corriente a partir de las ocho de la noche. Al noventa y nueve coma nueve por ciento de los casos se les olvida largar el petardo después de prenderlo o bien  encienden el tres tiros y lo apuntan bien al cielo… pero al revés,  <<culo pa’ riva>> como diría mi tío de la isla. Toda la noche detrás de los pirómanos inexpertos hace que la cosa pase rápido, pero en el hospital en el que hoy brindo servicios el tema es muy diferente. Trabajo en un psiquiátrico, y aquí,  los pirómanos tienen camisas de fuerza y encendedores imaginarios, en su gran mayoría ya no recuerdan el significado de la palabra petardo, y si lo recuerdan, seguro es el significado sexual.

El día había arrancado mal parido de entrada: venía de cola, llorando y cagado hasta las patas. No tenía mucha pinta de mejorar, estuve a punto de tirar la toalla antes de noche buena. La enfermera del turno anterior  ya había medicado a todos los internos (en dialecto inter hospitalario, medicar viene a ser el lunfardo de sedar), por lo tanto lo único que me quedaba por hacer era sentarme en enfermería y mirar por TN cómo el resto del mundo se divertía y se amaba al menos durante un minuto en el año mientras yo le daba forma a un moco entre el  índice y el pulgar y bostezaba como chancho detrás del escritorio.

Por suerte para los que trabajamos en salud mental,  el factor sorpresa es algo que te puede poner el día de cabeza en un segundo.


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Dos.

Se despertó temprano. Le pareció haber dormido una eternidad. Las lagañas le pegaban los párpados y sus pelos se parecían más a un nido de carancho que a una cabellera cristiana. Estiró los brazos para desperezarse –no recordaba  hace cuanto no lo hacía con tanto gusto– y se sintió con la liviandad de un niño de cinco años. Definitivamente había dormido mucho.

Después de varios intentos, se puso de pié y enfiló hacia el baño, su vejiga estaba a punto de explotar. Mientras caminaba se miró en el espejo de costado y le pareció verse más flaco, pero le adjudicó el error al espejo, que también parecía algo más sucio que de costumbre. Durante treinta segundos el ruido del chorro contra el espejo de agua le recordó una propaganda de cerveza, <<había sido grande el vaso>>  pensó mientras una carcajada le brotaba tras su ocurrente intervención, hacia mucho no tenía la mente tan fresca como para tirar un chiste a esa hora de la mañana, lástima que no había nadie para compartir su ingenio.

Se miró fijo al espejo y le pareció justo recortarse un poco la barba ­–está bien que deba ser tupida, pero esto  ya parece una virulana tamaño industrial– argumentó–. Intentó hacer memoria , era raro en él semejante desarreglo, pero las cosas se le nublaban y le daban vueltas en la cabeza sin llegar a discernir absolutamente nada de lo que lo había llevado a estar hoy ahí, en medio de semejante desbarajuste y sin recordar con nitidez los días anteriores.

Mientras salía del baño un haz de luz hizo que un par de neuronas despertaran. Se fue derecho a su reloj pulsera que curiosamente descansaba en la mesa de luz junto a sus dos anillos y sus prendedores de oro. Fijó la vista en el cuadrado diminuto que marcaba la fecha y descubrió con alivio que era el día indicado. Todo estaba como debía estar y a la hora que debía ser. El detalle del desorden podía ser pasado por alto teniendo en cuenta su nivel de ocupación en esos días.

Ya más calmo se dispuso a limpiar la habitación. No le daba la cara para dejarle el lío a su ayudante, que dicho sea de paso, aún no se hacía presente,  –enano maldito –refunfuñó en voz baja­  al tiempo que se auto castigaba con un coño por haber dicho semejante barbaridad–.

La cosa estaba fulera y no parecía fácil de organizar. Pensó en que los años no vienen solos, y que siempre algún mal hábito se traen de la mano: tal vez a él le había pegado por el lado del desorden.

El tiempo pasaba lento pero agradecía que así fuera, debía arreglar ese cuarto antes del medio día para después comenzar con el trabajo duro: organizar el resto de la jornada que desde hacía un año venía preparando. Con su mano derecha se sostuvo la cintura y añorando la agilidad perdida de sus años mozos  se dispuso a juntar el papelerío del suelo. Su mente ya estaba despejada y ahora no hacía más que lamentarse por ver venir el invierno de su vida y no conseguir aún un reemplazante digno.

La mayoría de los papeles eran restos de regalos –sonaba lógico–  y hojas de periódicos desordenadas. Debajo de un papel glasé rojo desteñido palpó un bulto pesado, más denso que el resto de los papeles, era el periódico de la semana anterior, se dio cuenta por la cantidad de  ofertas de jugueterías. Lo levantó y lo dejó en la cama, si le quedaba tiempo después de la limpieza, lo ojearía para ponerse al día­. Por pura costumbre de ex canillita devenido en repartidor a domicilio de paquetes algo más importantes, miró de reojo la fecha del semanario y no pudo evitar el salto.

No se creía capaz de proferir semejante alarido de terror ante tamaño descubrimiento, pero ahí estaba, en el centro del cuarto rodilla en tierra y garganta al cielo, gritando un “no” tan largo como aire le quedaba en los pulmones. El grito traspasó las paredes, podía imaginar el sonido despertando a los vecinos.  La transpiración comenzó a correrle por la frente y a mojar sus blancas patillas, el corazón se le aceleró al borde de la taquicardia. Un pánico en forma de escalofrió le recorrió el cuerpo desde la nuca hasta la uña machucada del dedo gordo del pié. No podía ser posible. El temblor no lo dejaba fijar la vista nuevamente en el periódico para corroborar el fechado del matutino, pero con un poco de esfuerzo logró volver a enfocarlo. No era una pesadilla, estaba pasando: la fecha era la correcta pero del año siguiente al que debía  estar viviendo según sus cálculos.

Su ayudante todavía no llegaba y eso lo ponía más nervioso aún: el petiso tenía sus defectos, pero jamás se había retrasado tanto. De una zancada llegó a la puerta del placad para buscar su uniforme, cuando miró tras la puerta su rostro se volvió blanco tiza, cualquiera hubiera pensado que se convertiría en el acto en estatua de yeso. Ahí estaba,  atado de pies y manos en un rincón y más pálido aún que él, su diminuto secretario. El cuerpo descansaba  al lado de una bolsa de consorcio de la cual sobresalía un pompón blanco rodeado metros y metros de telaraña añeja. La piel del cadáver había empezado a deteriorarse y el olor que despedía no era el olor a podrido típico de la carne en descomposición, sino a viejo, a carne disecada, a hueso con moho.

Dos lágrimas intentaron caer de sus ojos, pero no había tiempo para mariconadas, el mediodía estaba llegando y él estaba un año atrasado.

Tardó en tomar dimensión de la situación en la que estaba, no quiso darle vueltas al asunto ni descifrar paso a paso lo que había sucedido.  De un manotazo sacó la bolsa con su traje mientras maldecía –ahora sin culpa– al único ser en el universo que podía haberle hecho semejante herejía. Hace años lo venía temiendo, pero con el temor que se le tiene a las cosas imposibles, improbables, un temor con poco vuelo. Pero esta vez había pasado. Era tarde para lamentaciones, había que poner manos a la obra y salir igual, aún con un año de retraso.

Pegó un chiflido mientras terminaba de ponerse su chaqueta roja. Se dio cuenta de que el espejo no mentía: definitivamente había adelgazado en este año. Por la ventana, ocho renos ingresaron arrastrando su trineo, un hilo de tranquilidad pasó por su mente –al menos el innombrable no había asesinado a su único medio de transporte, todavía había esperanzas–.

Cargó la bolsa inmensa en el baúl de su trineo. Ya era tarde para actualizar las tarjetas, después de todo  ¿cuántos niños de hasta ocho años repararían en el error de la fecha? Controló que las riendas estuvieran bien sujetadas, le acarició rápido en el hocico a Rudolph que dirigía la batuta, abrió la puerta de su habitación, tomó velocidad en el pasillo y como un rayo se esfumó en el horizonte.

Un último grito retumbó en el pasillo, un grito cargado de bronca pero con tono de revancha, como avisando a su verdugo que estaba de vuelta y que no se rendiría tan fácil.




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Tres.

Por el monitor  vi cómo el encargado de seguridad del pabellón cinco aceleraba el paso y doblaba hacia el pasillo principal. Cambié de pantalla (por suerte en la enfermería está el control de las cámaras de seguridad y uno puede llegar a ver algún que otro movimiento que lo despabile un poco). El paso ligero se había convertido en trote y se dirigía al intercomunicador. A esta altura de la noche, que el seguridad me llamara para dar una alerta sería el mejor regalo de navidad de mi vida.

¡Enfermería! ¡Urgente  enfermería!
Lo copio, lo copio. ¿Qué pasa?
¡Llame a la policía! ¡rápido, la policía!
¡Pero dígame qué pasa! No puedo pedirle a la patrulla que venga sin un motivo.
¡Alguien grita! Algo le están haciendo. Llame urgente y que vengan refuerzos, creo que viene de la trece.

Volví la vista al monitor y el hombre había vuelto a la carrera. Se dirigía a la trece, tal como había dicho. Mientras marcaba 911 en el teléfono de rueda (el artefacto menos indicado para una llamada de emergencia: hasta que la rueda vuelve a su lugar, el fin del mundo pudo haber llegado y  estar yéndose pomposo y sonriente por la puerta principal), trataba de seguir la imagen de la pantalla. El seguridad había frenado en la puerta de la habitación y estaba golpeando con la cachiporra. Daba tres golpes y esperaba a ver si alguien contestaba. Después, tres golpes más y así sucesivamente con cachiporrazos cada vez más fuertes.

Junté mi bolsito de emergencia en donde abundan sedantes y demás menesteres y salí corriendo en dirección al pabellón cinco. Toda mi vida fui un cagón en estos casos, pero ésta vez, al correr hacia el peligro de un demente con la chaveta saltada, estaba escapando de algo que me daba más miedo aún: el aburrimiento.

El de la trece siempre había sido un caso misterioso. Hace unos cuantos meses, tal vez ya un año, la policía lo había traído desnudo entero, en estado de shock, temblando como un perro envenenado y emitiendo sonidos guturales mientras intentaba explicar –sin mayor éxito– qué le había sucedido. Seguramente alguna historia de esas de películas que saben armarse en sus mentes esta clase de pacientes de alto riesgo. Durante toda su estadía lo mantuvimos más sedado que King-Kong, ya que cuando intentábamos que despierte, la escena de su llegada se repetía y cada vez más violenta. Así que el tipo dormía hace rato ya y lo teníamos medio descuidado, generalmente esto les pasa a los pacientes a los que nadie visita, obviamente que si nadie lo ve se le da menos bola, y en este caso ni él mismo se veía.

Ahora parecía haber despertado nuevamente (siempre se olvidaba de pichicatear a alguno la boluda del turno tarde), pero ésta vez el sonido gutural había mutado a un grito endiablado que había asustado hasta a la viejita sorda de la uno, que lloraba llamando a su mamá muerta hace siglos justo cuando yo pasaba por delante de su puerta.

El seguridad ya no golpeaba con su cachiporra, ahora intentaba voltear la puerta con su cuerpo (muy poco atlético, pero bien dotado de masa corporal para tal fin), la cosa no tenía mucho sentido y el gordito rebotaba como pelota desinflada cada vez que daba contra la puerta. 

El grito había cesado hace rato y ningún sonido salía de la habitación. Con ese cuadro, lo único que imaginábamos era un suicidio. Yo pensaba mientras esperábamos a la patrulla, que entre estar durmiendo eternamente y estar eternamente dormido (o sea entre marmota y fiambre) no había mucha diferencia, y que tal vez la decisión de quitarse la poca vida que llevaba, había sido la más acertada.

Le propuse al gordito –que a estas alturas ya se había transpirado todo el alcohol ingerido en las reiteradas despedidas de año de Diciembre–  buscarle la llave que guardabamos cuidadosamente en enfermería. Como no le quedaba otra y la patrulla no daba rastros de vida, acepto fingiendo mala gana, pero vi en sus ojos el <<gracias>>  enorme que no quería decir para no herir él mismo su ego.

Cuando llegué con la llave, el seguridad estaba con el oído sobre la puerta y haciéndome seña de que no hiciera ruido. Supuse que algo se había escuchado.

–Pegó un chiflido– me dijo en secreto–.
– ¿Qué?
–Que chifló te digo.
– ¡Entonces está vivo!
–Y… a no ser que se esté desinflando y tenga el culo con piquito silbador…

Olí el sarcasmo, pero me hice el desentendido. No tenía sentido golpearlo ahora.

– ¿Entramos igual?
­–No sé, la cosa no pinta bien, pero ahora volvió el silencio.
– ¿Te animás? –le tiré como haciendo chúa–.
­–Obvio que me animo, pero soy yo el que corre el riesgo de que lo echen si la cosa se va de las manos.
–No te preocupes, si preguntan digo que la abrí yo.
–Sí, seguro. Haceme el cuentito que me duermo…
– ¿Y si se está cortando las venas contra el filo de la pared y nosotros estamos acá como si nada?
–Será cuestión de la patrulla, yo no puedo abrir en estas condiciones.
–El tema es que si los de la patrulla no llegan, esta noche duermen igual. Pero nosotros vamos a cargar con la culpa de una muerte de por vida.

Sonaba convincente. Hasta yo me creía el verso que me había armado con el sólo fin de seguir esquivando el aburrimiento.

Me quitó la llave de las manos sin decir palabra, pero dándome la razón tácitamente. Los dos nos acercamos a la puerta mientras él ponía y daba vueltas la llave con sigilo por si el loco estaba escuchando dentro de la habitación. Fueron los tres segundos más largos de mi vida y el gordo perdió más agua que el plantel de River entrenando en febrero (aunque esa comparación ya no me suena a mucha transpiración). La puerta se abrió lentamente. Tal fue el cagaso que me pegué, que ahora mientras les cuento, me vuelve la piel de pollo.

Un viento que corrió por el pasillo abrió la puerta de golpe y nos hizo dar un salto. Adentro, el paciente vestido entero de rojo y con un látigo en la mano, tomaba carrera y se dirigía hacia nosotros haciendo chasquear el látigo por delante de él, como conduciendo un carro. Mientras más se acercaba, más distinguía su vestimenta. Nos agarramos de los brazos y empezamos a gritar, mientras el loco nos miraba con una sonrisa victoriosa que hasta hoy no comprendo. 

Tras nuestros gritos despavoridos –dignos de “las nenas” de Sandro–, la patrulla dobló en la esquina del pasillo a la vez que el demente salía a latigazo limpio por la puerta. Eran seis canas corriendo, y la embestida que les pegó el loco los hizo retroceder casi tres metros hasta que lo pararon.

Iba vestido de Papá Noel al grito de "si te cagás me rindo, satanás". Todavía recuerdo su sonrisa victoriosa aún mientras la patrulla lo llevaba atado a la camilla. Iba mirando a la nada, como si estuviera en otro mundo. Había visto muchos locos imaginándose otra realidad, pero esta mirada era especial, como si en realidad siguiera  el viaje que había empezado al salir de su habitación, ahora desde otra realidad, desde otra dimensión.


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Tres y medio, casi cuatro.

En el hospital la historia todavía se cuenta a modo de chiste, y hasta fue digna de un dicho que hoy muchos repiten en la institución sin saber de qué hablan: “Estás más loco que Papá Noel”, te dicen cuando contás algo raro, poco creíble. Yo cada vez que lo escucho recuerdo esa mirada del veinticuatro de Diciembre a la que le debo el hecho de haber pasado la navidad más rara de mi vida, y siempre termino pensando que ese fue el regalo que me trajo a mí el loco que se creía el Gordo de Navidad: el haberme escapado de mi aburrida rutina un rato, justo cuando más lo necesitaba. 
Siempre recuerdo la historia. Ya no la cuento tanto como antes, pero la pienso y le doy vueltas, las preguntas aparecen poniendo en duda la esquizofrenia de aquel loco. A veces dudo si el loco era él o en realidad lo eramos nosotros, pero enseguida abandono la idea porque como dijo el Joan Manuel: Cada loco con su tema.

miércoles, 14 de noviembre de 2012

Omar


Omar es rubio y su pelo cortado al ras parece víctima de la estática, sus ojos celestes no saben demostrar otra cosa que ternura y su lengua que siempre aparece por sobre el labio inferior me deja saber cuándo es que está concentrado y cuándo es hora de un recreo. No sólo eso es lo que enternece sobre Omar, él también es gigante hacia los costados (me gusta decirle así porque se ríe y sin embargo si alguien le dice gordo su mirada es otra, no de enojo, pero sí de incomprensión), es aproximadamente 3 veces más ancho que yo y mover su cuerpo no le resulta imposible, pero su peso hace que sus movimientos sean un poco más bruscos.
Desde que lo conocí (hace dos semanas) no vi otra cosa en su rostro que una sonrisa, y si bien es poco tiempo dos semanas para formarse una opinión sobre una persona, estoy seguro prematuramente de que Omar es completamente feliz. Tengo una pequeña teoría del porqué o más bien del cómo me doy cuenta de su felicidad: Omar no expresa mucho mientras habla, habla mucho y rápido, la mayoría de las veces le tengo que hacer repetir las frases porque se le mezclan las consonantes, sin embargo cuando se ríe la cosa cambia, su risa es muy clara (y me refiero a que se entiende bien que se está riendo) y contagia al resto del grupo. Mi concepto es fácil: quien es dueño de una risa que contagia, es dueño también de una felicidad absoluta. Si alguien es capaz de hacer reír a otro sólo exteriorizando su felicidad, no me quepa duda de que tal estado es total y constante, de otro modo, su risa no sonaría tan convincente.

Me pongo a su lado y mira el suelo mientras de reojo intenta adivinar qué pienso hacer.
                     —A ver Omar  le digo mientras le palmeo la espalda.
                     Ajá.
                     —Vos vas a tener que aprender rápido porque empezaste tarde y los demás ya saben bastante —hago una pausa para ver si se asusta.
                     —Ajá —repite mientras levanta un poco más la vista y empieza a torcer sus labios preparando una carcajada.
                     Pero igual es facilísimo, vos levantá los brazos y caminá, el resto es cuestión de copiar al de al lado. 
                     ¿Así? —pregunta al tiempo que levanta sus brazos que están cerca de ser del mismo diámetro que el de mis piernas (no solo porque él es ancho, sino porque además yo soy bastante angosto).
Su boca ya no da más, creo que en cualquier momento se tocará las orejas con la punta de sus labios por la sonrisa inmensa que se sigue agrandando.
                     ¡Perfecto! ¡Ya sos un profesional!  digo mientras levanto la mano derecha en signo de choque los cinco. Me corresponde el gesto y me deja la palma ardiendo por la fuerza del golpe, no controla mucho sus emociones. La carcajada por mi gesto de dolor exagerado es inminente. La larga sin rodeos, como si en realidad necesitara descargar esos alaridos desde el fondo de su estómago. Lo vuelve a lograr, me vuelve a contagiar.

La hora termina y nos despedimos entre todos con la promesa tácita de volver el próximo martes. Omar es nuevo, y a diferencia del resto, no vive en el hogar en el que nos juntamos sino a dos cuadras con su familia y por eso es que lo acompaño. Toco el timbre y lo dejo en manos de una anciana que él me describió de camino como su abuela. Ella lo deja pasar y se pone por delante de él. Omar me mira sobre el hombro de su abuela y su lengua vuelve a asomar sobre su labio inferior - se concentra en la conversación-. Ultimamos detalles sobre la próxima clase y la abuela se queda tranquila, nos saludamos con cordialidad de desconocidos y amago a irme mientras la puerta empieza a cerrarse.
                     ¡Profe! —grita desde el pequeño espacio que aún queda abierto.
                     Sí Omar —digo en voz fuerte para corresponder su tonalidad.
                     ¡Nos vemos el martes! —dice con la mano en alto y levantando el pulgar al tiempo que guiña un ojo y chasquea la lengua.
                     —Si no nos vemos nos chocamos — le respondo con vergüenza interna por mi chiste fácil.
Otra carcajada. Otra que me contagia.

Omar es mi alumno de folklore y tiene síndrome de Down, junto a otros ocho de similares capacidades me enseñan mientras aprenden. Tal vez no me dé grandes logros artísticos, pero todos los martes de ocho a nueve me pone el mundo al revés, me muestra el cielo en sus ojos, me convida con sus carcajadas y junto a los demás me contagia de su felicidad y me hace envidiar sanamente ese don hermoso de amar sin inhibiciones.

No tengo mucho más para pedir… El resto es humo.

jueves, 26 de julio de 2012

Sueños calientes.

Despertar no es una opción. Voy a seguir aguantando. No puedo darme el lujo de abrir los ojos ahora, cuando al menos en sueños,  Martina me mira y sonríe mientras deja que le acomode el pelo detrás de la oreja para que no estorbe entre nuestros labios. Imposible, no hay  otra opción que seguir dormido a la fuerza y forzar el sueño también.
Martina me tiene loco, jamás me dirige la palabra y yo se que lo hace adrede porque sabe que me tiene colgadito de un hilo muy fino y que  el más mínimo detalle de su parte algún día me animará a decirle todo en la cara, y eso, justamente eso es lo que ella busca con su indiferencia. Nunca me miró directamente a los ojos pero sé que está continuamente viéndome, lo presiento, todos presentimos cuando nos observan, y más si la que observa es Martina con esos ojitos entre tímidos y picarescos. Por eso no es una opción despertarme, al menos en sueños la veo directo a los ojos, y no sólo eso, además estamos en contacto: yo la tengo tomada de la cintura con el brazo izquierdo, y con la mano derecha (que es la más delicada para moverse) le acaricio sus mejillas y le sigo acomodando el rulo que para nada quiere quedarse  detrás de la oreja: parece que está empeñado en molestar mientras rozo sus labios de frutilla.
Siento su respiración. Dormido siento su respiración suave cerca de mi nariz y dormido me hace estremecer su aliento delicioso (jamás pensé que en sueños podía percibir olores).  Siento que el ambiente debajo de mis sabanas está aumentando de temperatura y un pinchazo caliente en la vejiga me dificulta el trabajo de seguir dormido. Doy vuelta en la cama con cuidado, el más mínimo movimiento brusco sería capaz de sacarme del liviano sueño en que ahora me encuentro, y ya lo dije y lo repito: despertar no es una opción, no hoy, no con Martina en mis brazos y su respiración empañándome los anteojos.
Marti. Marti le dice el estúpido de mi vecino, y me resuena en el sueño, como si la estuviera llamando, como si no le bastara con ser mi verdugo real, ahora también mete bocado mientras duermo. Marti le dice el muy imbécil, como si fuera la cebra de Madagascar. No se puede ser tan gil de abreviar su nombre, su nombre no se abrevia, porque la misma Martina es imposible de abreviar, imposible de resumir. Ella debe saberlo, porque a diferencia de ayer, hace oídos sordos y sigue mirándome y respirando a mi lado. Sabe que es mi sueño, y en mi sueño se hace lo que yo quiero.
Ahora la punzada se hace más fuerte, casi insoportable. Es inminente despertar y bajar al baño. Pienso en mi segunda opción: bajar con los ojos entrecerrados, mear de sentado para no tener que abrir los ojos cuidando de no salpicar la tapa, subir con los ojos en el mismo estado de semi somnolencia y volver a la cama a comprobar la teoría esa de que los sueños se retoman. Tiene que funcionar, debe funcionar, es vital que funcione: la otra opción sería quedarme en la cama a riesgo seguro de mojar el colchón y volver a ser el chiste del barrio sacando el mamotreto de lana al frente de casa para que se seque, con el corito de mi vieja de fondo rematando la escena: ¡Otra vez lo mojaste! ¡Con lo que cuesta secar la lana! Eso no puede volver a pasar, al menos no ahora que ya sé cómo de hombre me veo con Martina entre los brazos. Imposible que vuelva a pasar, tengo que bajar al baño.
Martina se esfuma como una imagen proyectada en el humo del Parisien de papá, ese humo denso que no quiere dispersarse.
Bajo sin abrir los ojos, el camino ya me lo sé: sólo tengo que tantear hasta la puerta y de ahí dos pasos hasta el pié de la escalera, después uno a uno bajar los escalones apoyando el talón en la parte trasera de cada uno para cuidar de no bajar dos de un paso, eso podría terminar en catástrofe con mi cuerpo tirado al pié de la escalera, mi vieja gritando y yo ya despierto y con ganas de morir por haber perdido a Martina de entre mis brazos.
Ya la tengo clara, diría que soy experto en bajar sin mirar, el año pasado uno de mis pasatiempos era hacerme el ciego y andar por la casa,  – cosas de chicos – decía mi vieja. Ahora a los diez ya no se me da por esos juegos, ya estoy más grande y Martina no se fijaría en un defectuoso mental que se hace el ciego. Ya soy un tipo serio.
La cosa está cocinada, ya estoy en el baño y sigo sin despertar del todo: un éxito. Sólo queda mear y subir a ciegas (que es mucho más fácil que bajar).
¡Qué alivió! No debería haber tomado tanto jugo anoche, por algo papá me retó.  De a poco siento cómo me vacío, ¡se siente tan bien! Pero hay algo raro, no siento el ruido del chorro a presión golpeando el agua del inodoro, ¿será que está sin agua? Un calor húmedo avanza sobre mi cuarto derecho: recuerdo haber estado acostado de ese lado. La cosa se pone turbia, ¡no entiendo! ¿Qué pasó?
Despierto de un salto con la desilusión  más grande de mi vida, mientras mi ropa se empapa y empapa la lana del colchón. No voy a volver a ver a Martina de frente, menos cuando mañana me vea sacar el colchón con mi vieja a los gritos por atrás. Tengo que dejar de ilusionarme: no soy digno de ella. Tal vez el inútil que le dice Marti sí lo sea, seguro lo es. Marti, sigo pensando en Madagascar y me resulta una infamia compararla con una cebra. Pero tal vez él sí sea digno, o al menos duerma seco, con eso ya alcanza.
Me vuelvo a dormir. Mañana será otro día de perdedor y volveré a sentir el peso de la vergüenza – y del colchón, que no es para nada liviano -.
Sólo una opción queda ahora: dormir con la ilusión de que ésta haya sido la peor de mis pesadillas.

martes, 19 de junio de 2012

Consultorio psicológico. Sesión Nº1.



Buen día doctor.
Buen día, dígame licenciado.
Disculpe, licenciado. Siempre me confundo, no entiendo bien eso de los abogados doctores, los doctores médicos y los psicólogos licenciados.
Bueno, ese es un tema de títulos nomás, en realidad los únicos doctores son los médicos, nosotros los psicólogos somos licenciados y los abogados son… chantas, nada más. ¿Ud. no es abogado no?
No doctor…
Licenciado.
No, tampoco.
Lo que intento es decirle que me llame licenciado.
Disculpe, se me confunde. Yo soy camionero.
Ah, mire que bien. ¿Nombre?
Carlos Alberto Moreyra.
Así que es camionero Carlos.
Dígame Cacho, suena más masculino.
No se me había ocurrido. Así que es camionero Cacho, a mí siempre me gustó viajar. ¿Conoce mucho?
No se crea que es muy lindo, tengo los mismos tres destinos todas las semanas desde hace 10 años. Conozco más la ruta 32 que mi propia casa.
Se me ocurre que ya no debe ser divertido.
Para nada.
¿Tiene algo que ver eso con el motivo de su consulta?
¿Consulta? Yo no le consulté nada.
Digo, de su visita, se le dice consulta.
¡Ah! No, nada que ver, con mi trabajo todo bien. Llega el punto en que uno se acostumbra y lo toma como algo normal, le guste o no lo termina haciendo.
Entiendo. ¿Entonces?
¿Entonces qué?
¿Cuál es el motivo de su consulta?
¿Consulta?
¡Bueno, de su visita!
¡Ah! Disculpe doctor, es que es mi primera vez y estoy nervioso.
Se le nota. Mejor dígame Facundo, lo de doctor y licenciado es algo que no tiene importancia. Lo que importa es que Ud. confíe en que puede contarme lo que le pasa y que eso para mí es secreto profesional.
Sí, seguro…
Me sonó irónico, ¿tiene alguna duda de que es así?
La verdad que no me creo que después de escuchar semejantes barbaridades día a día, no salga a contarlas en sobremesas con amigos, seguramente debe tener más de una historia que le haría ganar la atención y las risas de todos sus amigos en una noche de anécdotas.
Eso no es tan así. De vez en cuando uno cuenta algo de lo que escucha…
Aja, ¡lo sabía!
Sí, pero nunca con nombres. Se dice el pecado pero no el pecador. Además después de quince años escuchando los problemas de la gente, como que a uno deja de importarle una vez que sale del consultorio, ya pierde la gracia, imagínese que me esté acordando y preocupando por cada problemita con los que la gente suele venir…
¿Si? ¿Muchas pavadas?
¿Que cosa?
Los problemas de la gente, ¿muchas pavadas?
Disculpe pero es algo que no le voy a decir, además déjeme que le recuerde que está perdiendo tiempo de su consulta…
¡Ah! No importa, Igual paga la obra social, Moyano tendrá sus agachadas pero nos consigue buenos servicios. Además dicen que los camioneros somos los que más problemas mentales tenemos, como mínimo deben cubrirnos este tipo de consultas.
La verdad que sí.
¿Tiene muchos pacientes camioneros?
Los suficientes.
¿Cuantos son suficientes?
Los suficientes como para saber que tanto andar solos terminan por hacerse problemones mentales por cualquier pavadita, o en el mejor de los casos, tanto hablar solos les hace creer que tienen amigos imaginarios.
Si, puede ser.
No, no puede ser, es. ¿Ud. mientras maneja que hace?
Nada.
¿Como que nada? ¿No piensa?
Obvio que pienso, vivo pensando, pero no creo que al pensar esté haciendo algo.
Disculpe que lo corrija, pero en realidad está haciendo algo, está pensando, y pensar es una actividad. Imagine que sale de su trabajo y un compañero lo jode con la fidelidad de su mujer…
Aja.
Ud. lo toma normalmente como una joda, se sube al camión y se va, ¿no?
Obvio, entre camioneros nos vivimos gastando por las guampas, o por la fidelidad de las mujeres, como le suene más lindo.
Bien, ahora recuerde que subió a su camión y se quedó pensando en lo que le dijo su compañero, Ud. sabe que es una joda y que su compañero ni siquiera conoce a su mujer.
Lo sigo.
Comienza su viaje con esa joda en la cabeza y las ideas le empiezan a dar vueltas, empieza a pensar  que tal vez no sea TAN en joda, que existe la posibilidad que sea cierto. Recuerda que el ochenta por ciento del mes Ud. no está en su casa, y que las mujeres por lógica necesitan satisfacción - lo escuchó a González Oro decirlo en radio, y si el negro Oro lo dice es palabra mayor-. Así empieza con la maquinita en su cabeza: carbura, carbura hasta que llega al punto en que ni siquiera sabe cómo, pero está totalmente furioso con su mujer…
Puede ser, nunca me pasó, pero ahora que lo razona así, tal vez mi mujer…
¡No! No digo que su mujer le sea infiel, al contrario. Lo que intento explicar es que teniendo tanto tiempo para pensar, empiezan a tejer esas ideas y hasta se las creen. He tenido casos de camioneros con causas por violencia familiar que han ido a golpear a sus mujeres recién llegados de viaje y sin siquiera saludarlas, por el simple hecho de que alguien les hizo una broma con el tema y durante todo el viaje se convencieron de que era verdad. A veces pensar sólo y en exceso nos lleva a estas cosas.
Entiendo.
¿Le ha pasado?
¡Jamás golpeé a mi mujer! ¡no se lo voy a permitir!
No digo eso, pregunto si le ha pasado de darse cuenta que por mucho pensar se hizo de una pavada un problemón.
Sí, que se yo. Puede ser, a muchos les pasa. En el barrio le dicen maquinarse.
Claro, en lunfardo sería eso.
¿Lunqué?
Lunfardo, un dialecto que usan en la cárcel.
No, el que yo digo lo usan en el barrio.
Es un decir. Volviendo a Ud.: ¿Le pasaron o le están pasando este tipo de cosas?
¿Que cosas?
¡Hombre! ¿No sigue el hilo de la conversación? Que si le pasa que se hace problemas enormes por pavadas.
¡Ah! Si, puede ser, de hecho en este momento…
Lo escucho.
No me haga caso, sigamos hablando.
¿Pero de qué quiere que hablemos? Es su consulta, no la mía. Recuerde que la hora corre, aprovéchela al máximo. ¿Me decía que es este momento le está pasando algo así?
No sé, prefiero no hablarlo.
¿Pero entonces a qué vino?
¡Que se yo! Mi mujer me dijo que era buena idea.
Entonces lo mandó su mujer…
Yo no diría que me mandó, más bien vine para darle un gusto, para que se quede contenta.
Entonces su mujer considera que Ud. tiene un problema.
Lo que ella considere no me va ni me viene, ¡la que tiene el problema es ella!
Por ahí venía la cosa. Cuénteme.
¿De su problema? ¡Que venga ella y gaste tiempo de su consulta! Yo en la mía voy a hablar de mí, demasiado me costó venir como para desaprovecharla.
Bueno, hablemos de Ud.: ¿como esta?
¿En qué sentido?
No sé, en sentido general. ¿Está tranquilo? ¿Le cuesta dormir?
Dormirme no es problema, el problema es cuando me levanto.
Lo escucho.
Todo es culpa de ella, de mi mujer y su problema que yo no le voy a contar. Eso me hace levantarme pensando y por ende ya arranco mal arriado de temprano.
Entonces el problema de su mujer le ocasiona intranquilidad.
¡Obvio! ¿A Ud. que le ocasionaría? ¿Risa?
No lo sé, tal vez.
¿Cómo que tal vez?
No lo sé, Ud. no me dijo cual es el problema de su mujer, por ende no sé cómo reaccionaría. Tal vez me de risa, sí.
Ya veo que tarde o temprano se lo voy a tener que contar.
Ud. lo dice.
La cosa es que me levanto intranquilo, ya probé de todo y no hay forma de tranquilizarme.
¿Probó con té de tilo?
Sí, una medida todas las mañanas.
¿Medida?
Emm, sí. Le digo así a la taza de té, es una costumbre… ¿pero porqué anota eso?
Anoto nomás, tal vez sea un indicio.
¿Indicio de qué?
De alguno de sus problemas, si le llama medida a una taza de té, se me ocurre que tal vez su problema puede tener bases en el alcohol.
¿Me está tratando de borracho? ¿Porqué dice tantas veces tal vez?
Para nada, yo no dije eso…
Ud. dice todo y al final no dice nada.
Lo que digo es que puede ser un indicio, nada más. Si alguien viene y le llama pitada a una chupada de paleta, me parecería un indicio de tabaquismo.
O de pelotudo…
Tranquilo Cacho, sigamos con Ud. Creo que le haría bien contarme que problema le acoge.
¿Que problema me qué?
Cuál es el tema que hace que se despierte intranquilo.
Mi mujer, ya le dije.
Sí, me lo dijo, ¿pero qué cosa de su mujer?
Que no me quiere…
¿Ella se lo dijo?
No, pero con demostrarlo sobra.
¿Y cómo se lo demuestra? ¿No le habla?
No creo que sea necesario que le cuente.
Yo creo que sí, si dice que su mujer no lo quiere y eso lo hace sentir intranquilo al despertar, lo más necesario es saber porqué Ud. cree que no lo quiere.
No sé, me da cosa.
¿Su mujer le da cosa?
¡No! ¿Qué dice? Me da cosa contarle porqué intuyo que no me quiere.
No se haga problema, cuente nomás…
Ella no me entrega…
¿No le entrega?
Bueno, más bien no SE entrega…
¿Cómo?
Ya sabe…
No, no sé, y la verdad cada vez entiendo menos…
Cómo quiere que le diga doc., no me entrega, no le gusta la colectora, no anda por camino de tierra… ¿Entiende o le hago un cuadro sinóptico?
Creo que voy entendiendo: su mujer no acepta el sexo por vías poco convencionales…
Una cosa así…
Aja, ¿y?
¿Y qué? ¿No le parece suficiente?
¿Suficiente qué?
¡Suficiente demostración de que no me quiere! ¡Cualquiera se daría cuenta!
La verdad no lo había pensado así, pensé que quizá le duele, o por ahí solo es pudor, o no le parece apropiado. En ningún momento pensé que podía ser falta de afecto…
Por favor doctor, ¡es obvio!
¿De donde sacó eso?
Sentido común…
¿Común de quien?
¡De todos, del común, de mis amigos, de mis compañeros!
¿De qué círculo son sus compañeros?
Los muchachos del gremio.
¿Son camioneros?
No, si van a ser ginecólogos…
¿Y eso es lo que piensan con respecto de las mujeres a las que sólo les gusta el sexo convencional?
¡Por supuesto! Si una mujer te ama de verdad, te entrega, sino es pura cháchara.
¿De verdad Ud. cree eso?
¿De verdad Ud. no lo cree?
¡No!
Creo que ya tengo la solución.
¿Sí? ¿Tan rápido? ¡Que grande doc!
Sí, Ud. debe divorciarse.
¿Cómo?
En un abogado, ¿cómo más?.
Ya sé que en un abogado, pero ¿cómo se le ocurre que mi solución es el divorcio?
Claro, resulta obvio que su mujer no lo ama, o al menos eso acaba de afirmarme.
¿Pero como se le ocurre que me divorcie?
¡Y para qué quiere estar con alguien que no lo ama, y que encima tiene el descaro de demostrárselo de un modo tan obvio!
No entiendo doctor, ¿Ud. habla en serio?
¡Por supuesto! ¡Déjela! Esa ingrata no lo ama. Yo sé donde Ud. va a encontrar la solución.
¡Adonde Doc.!
La deja, le firma los papeles y se me va derecho al cruce de la 32 y la 121…
¿Que?
Las únicas personas que le van a demostrar amor incondicional de la manera que Ud. desea se encuentran en ese cruce, de once de la noche a tres de la mañana, y en ese horario se hacen llamar Nicole o Jenifer. Pero tenga cuidado, no vaya en otro horario porque responden a nombres como Roberto o Moncho, y créame: tal vez le reclamen a Ud. el mismo amor que está buscando.
¡Andá a la mierda, cornudo!.
¡Espere, no se vaya tan rápido! ¡Llévese este frasquito, tal vez lo necesite! ¡Señor, señor!
No sé qué dije de malo que lo enojó tanto… En fin… Diagnóstico: PELOTUDO.