Cuando me siento mal cambio BRONCA por BRANCA y todo pasa a ser un problema gramatical.

martes, 22 de mayo de 2012

MANUAL PARA CONSEGUIR A SU MUJER IDEAL


ADVERTENCIA: El siguiente manual está dividido en dos partes. Es absolutamente necesario que haya realizado el total de la primera parte y dejado pasar el tiempo prudencial necesario para concretar el último paso para poder comenzar con la segunda.

PRIMERA PARTE
Siga los pasos al pié de la letra, intente cerrar la ventana de la cocina para no distraerse con banalidades: su futuro depende de lo que está por hacer.
1-Comience agregando en un recipiente tres gotas del perfume que más le guste, por lo general el gusto es directamente proporcional al precio, no sea tacaño, son solo tres gotas y de última siempre existe la posibilidad de pedir una muestra gratis.
2-Ahora, con un pincel de trazo fino roce un poco de tempera del color de ojos que más le gusta y comience a revolver en el recipiente junto con el perfume mientras agrega agua cálida a discreción (mientras revuelve suspire reiteradas veces e intente que le den escalofríos)
3-Siga revolviendo, la mezcla debe ser lo más homogénea posible. Con la mano libre (si es diestro probablemente será su izquierda) tome una pizca de café instantáneo y agréguelo a la mezcla hasta conseguir el tono de piel deseado (darle el tono con café ayudará a conseguir un aroma irresistible que resaltará el tono de piel elegido). Es muy importante que revuelva durante todo el proceso con pincel, con el mismo que le dio el color de los ojos. Lo que buscamos es hacer nuestra mujer ideal, por lo tanto debe ser nuestra obra maestra, y nadie pinta su obra maestra con cuchara sopera o batidor.
4-Mientras sigue revolviendo (procure hacerlo constantemente para no dejar grumos: nadie quiere a su mujer ideal con verrugas), piense intensamente en el color, la textura y el largo del pelo que le gustaría acariciar durante el resto de su vida. Es importante en este punto tener bien en claro cual es el pelo deseado, el hecho de titubear mientras piensa en él y revuelve, puede acarrear problemas tales como la aparición de canas o bien la presencia de pelos en otros lugares de la cara, a saber: debajo de la nariz o dentro de las orejas. Es muy raro que alguien quiera a su mujer ideal con bigotes.
5-La mezcla resulta un tanto líquida, hemos llegado a un punto crucial de la receta: es hora de espesarla. Ya puede dejar de revolver, ahora le prestará especial atención al yeso que utilizaremos para nuestra siguiente tarea. Resulta importantísimo que nuestra materia prima tenga un color y una textura especialmente uniforme, nuestro yeso debería asemejarse a una harina 0000 (para los que entienden poco de cocina, es la de mejor calidad, la más blanca y la más fina, de la que se hacen las mejores baguettes), para asegurarse de la uniformidad, pase toda la materia prima por una zaranda extra fina.
5.1-Ahora comenzaremos a revolver nuevamente (resulta vital que haya descansado muy bien su brazo, durante este paso necesitamos un batido suave y constante en círculos, difícil de llevar a cabo con el brazo cansado). Intente adquirir la cadencia de batido justa, para saber cual es, imagine la velocidad y la cadencia con la que le gustaría vivir el resto de sus días. No se pase de rosca con el fin de encontrarla rápido, ya que una vez que la encuentre el tiempo transcurrirá igual de veloz y no podrá disfrutarla como Ud. merece, procure que la cadencia sea similar a la de las caricias que le gustaría recibir. Una vez adquirida la cadencia de batido, comience a agregar el yeso hasta que sienta que la mezcla se espesa, cuando llegue a la viscosidad deseada, deje lentamente de revolver y retire el pincel despacio.
5.2-Para asegurarse de que no queden burbujas en el interior (estas pueden devenir en un futuro en quistes sebáceos o pecas faciales y recuerde que lo que intentamos es hacer nuestra mujer ideal, perfecta o lo más cercano a serlo) tome el recipiente y dele pequeños golpecitos contra la mesada, de esta manera si hubiera algún grumo o burbuja saldría a la superficie.
6-Seleccione su molde: no es necesario que represente perfectamente la figura humana deseada, sólo es importante que tenga una buena base y que a la mitad se afine lo suficiente como para representar la oblicuidad exacta de la cintura en donde queremos reposar nuestras manos en un futuro próximo.
7-Ahora sí, ya casi  terminamos. Sírvase un buen vino, recuéstese en la reposera del patio con el molde entre los brazos y mire las estrellas hasta conciliar el sueño. Cuando despierte su molde se habrá secado en sus manos (lo que lo hará suyo) y bajo el firmamento (lo que lo hará hermoso), el vino sirve sólo para conseguir un sueño rápido.
   Contento?
8-Observe  todas las mañanas su molde y salga a la calle decidido a encontrar su par real, a encontrar su mujer ideal de carne y hueso.
Animo! Con un modelo bien definido es imposible que se le escape! Solo necesita paciencia.
Cuando esté listo, vuelva y siga con la parte dos.

SEGUNDA PARTE
Si Ud. llegó hasta aquí  -suponiendo que no sea un chanta que se salteó la primera parte ni bien leyó la advertencia-, es porque ya dejo pasar el tiempo necesario y se encuentra en condiciones de seguir con este manual.
Por favor siga leyendo, y ante todo sepa que le pedimos disculpas por el tiempo que ha gastado en la primera parte, pero por experiencia sabemos que es absolutamente necesario. Si Ud. es uno de los chantas antes mencionados que no realizó la primera parte, sepa que no entenderá absolutamente nada de esta segunda.
Esta parte  consta solamente de un paso:
1-No la encontró? No sea estúpido y déjese de boludeces (disculpe las expresiones pero son absolutamente necesarias para que reaccione) rompa ese inútil molde y dedíquese a cuidar de la mujer que tiene, si todavía no la tiene déjese de preselecciones y dedíquese a encontrar las pequeñas maravillas de las mujeres que lo rodean.
Seguramente lo ha olvidado, pero haga ahora un ejercico y recuerde que no importa el perfume, siempre huele bien si está en su cuello. No necesita un color de ojos predeterminado, sabe muy bien que lo que lo estremece son las miradas que a veces en silencio se cruzan y lo mucho que le dicen  -a veces hasta cerrados- mientras la besa. Color de piel? Pero por favor! Si lo que más le gusta es acariciarla con la luz apagada!. Su cabello es incluso más hermoso que el que imagino, Ud. lo sabe y seguro lo recuerda cada vez que se despierta por la cosquilla de sus pelos en la almohada.
Solamente le pedimos que se haga a Ud. mismo un favor: No deje que la rutina le haga olvidar lo mucho que sus besos lo estremecen, y que esa cintura –que quizá no sea del tamaño de la de su molde- es la que guió los pies que hasta hoy caminan a su lado, y sobre todo la que sostuvo (o sostendrá, si aún no ha recibido esa bendición) a la vida que ella eligió traer al mundo con Ud.

RELAJESE Y DISFRUTE, UN ARTISTA MUCHO MAS GRANDE, YA CREÓ CON UN PINCEL MUCHO MAS EXACTO, UNA OBRA MAESTRA PARA UD.

martes, 15 de mayo de 2012

Madrugadas.


Lunes 5:30 am. Tic-tac, tic-tac. Dicen que en el subconsciente escuchamos los instantes anteriores al despertar. El cree que su subconsciente no está funcionando del todo bien, ya que últimamente escucha como martillazos esos dos últimos segundos de reloj antes del insoportable ti-ti-ti-ti…ti-ti-ti-ti del cuadrado plástico made-in China que por desgracia nunca falla.
Nuevamente a despertar, nuevamente a la rutina de los próximos cinco días y medio que ya se conoce de memoria, ya lo sabe muy bien, ya se imagina todo lo que vendrá:

Diez chispazos al Bic. blanco cerca de la hornalla que pareciera hacer lo imposible por no encender, agravado esto por el dolor que causa en los dedos el roce de la piedra gastada del encendedor contra sus yemas entumecidas del frío tras haberse lavado la cara con el agua helada de la mañana,-el invierno no es para el madrugador- piensa mientras por fin enciende la hornalla y huele el aroma a pelo quemado: el bello de sus nudillos que no alcanzó a sacar del fuego por la obvia falta de reflejos de esa hora de la madrugada.
Nueve cuadras en bici hasta la estación San Andrés, nueve cuadras interminables con el viento pinchando como agujas heladas contra la cara y los dedos desprotegidos de guantes que por costumbre se olvida.
Veinte minutos en tren, en el vagón de las bicis, renegando a cada instante con los pedales enredados en cadenas ajenas, intentando pensar en otra cosa que le haga olvidar el frío que ahora siente en sus pies por estar hace algunos minutos parado inmóvil con las medias transpiradas por la pedaleada,-imposible- se dice para sus adentros mientras resignado deja de mover sus dedos que no consiguen calor.
Otra vez el frío le pincha los pómulos al abrirse la puerta del tren mientras pelea con tres ciclistas que bajan junto a él intentando desenganchar sus bicis que parecen trabadas a la perfección de formas que si quisiéramos repetir conscientemente nos resultarían imposibles.
Doce cuadras más tragando humo detrás de los colectivos, esquivando puertas de autos que se abren y gente que cruza frenética antes del corte de semáforo (la bicicleta es a Capital Federal lo que una cometa es a un día sin viento: imposible remontar más de diez metros sin tener que frenar y volver a remontar mil veces).
Nuevamente verle la cara al gordo, bigote ceñido hacia un costado mascando un palillo que se mueve como dibujando un ocho torpemente (para estar a esa hora con un palillo, debe haberse desayunado un bife temprano). Sabe muy bien lo que viene:
-A la hora que quieras Cardozo, a la hora que quieras.
-Disculpe don Luis (me encantaría un día mostrarle el quilombo que es viajar de San Martín a su condenada fábrica para llegar y  verle la cara de culo fruncido y con frío, me encantaría perderle la mitad de la flota del ferrocarril Roca por su parte íntima trasera y disfrutar viendo como se traga el escarbadientes del dolor mientras me agarro un testículo con la derecha y le renuncio en la cara), el tren se retrasó, no va a volver a pasar-. Sabe muy bien que jamás va a decir en voz alta lo que piensa entre paréntesis, pero igual lo piensa porque le da un mínimo placer.
         Así transcurrirá su día de 11 horas en la fábrica revisando un pistón cada 30 segundos, parado y aguantando el dolor de su cintura que a mitad de la jornada se hace más molesto que el frío en sus pies.

Todo eso pasa por su cabeza en el instante que demora desde que escucha el despertador hasta que se incorpora en la cama y se friega los ojos rogando que ese despertar sea solo un mal sueño.
Cuantos malos despertares se hubiera ahorrado si aquella noche en el café le hubiera seguido el juego de guiños de la rubia despampanante que se había bajado del BMW y ahora le guiñaba el ojo continuamente  como si la partida de truco estuviera en su recta final y fuera inminente que supiera de su siete de espadas. Pero no. Él, inconsciente de su futuro, prefirió dejar los guiños de lado y fijarse en los tímidos ojos marrones que bajaban de la Zanella 50cc. y se internaban, como queriendo esconderse, en la mesa del último rincón del bar.
Cuantos malos despertares se hubiera ahorrado si seguía coqueteando con la rubia...

A su lado un cuerpo gira y se despereza, una mano le acaricia la espalda. Vuelve su mirada y descubre esos ojos apenas abiertos, ojos tímidos que vio esconderse en aquel bar, aquella noche ya lejana. La mínima abertura de sus parpados le dejan ver -aún en la oscuridad- la belleza tan simple que lo enloqueció en aquella primer mirada.

Hoy hace ya veinte años que despierta e inconscientemente repasa todo lo malo que le pasará en el día. Hoy hace vente años que una mano en su espalda le interrumpe esos malos pensamiento y unos labios finos pero tibios le quitan el sabor amargo y le endulzan el resto de su día. Hoy hace veinte años que vuelve a elegir pasar su día tal y como se le presenta, solo para volver y ver nuevamente esos ojos y besar esos labios que mañana nuevamente lo despertarán endulzado. Hoy hace veinte años que otra vez, gracias a ella, podrá soportar con bastos fundamentos el tic-tac punzante y la alarma insufrible de su reloj chino barato que por suerte nunca falla.

miércoles, 25 de enero de 2012

Breve historia de un desengaño.

Todo comenzó la mañana en que la vio acercarse por la vereda meciendo su cintura al ritmo de los ojos inquisitivos de los caminantes que venían tras ella hipnotizados; creyó que jamás volvería a dormir en paz si no lo hacía enredado en sus lacios cabellos color leche y miel.
Más tarde, gracias a la marca personal que comenzó a practicarle desde la mañana, vio como almorzaba mientras leía su libro (le resultó obvio que ella no era de las que leían revistas de moda, por lo que supo que era un libro), se le estremeció hasta el alma mientras su imaginación volaba 40 años hacia el futuro y se vio envejeciendo junto a ella, leyéndose juntos en las mecedoras frente al fogón de la sala de estar: era perfecto, tal como lo había soñado.
Cuando ya el ocaso de aquel día de revelaciones era inevitable, la buscó en facebook para seguir viéndola, creyó no poder conciliar el sueño si no lo hacía. Leyó sus actualizaciones de estado:


          -en lo d la kmi mi mejor cmiendo hmbgss y tmando koca cero.xD
          -en el bar del work lyndo "gente" y sperando la mixta..dsps:gym...


Recordó que el amor a primera vista no existe. Se vio víctima de la feniltelamina y demás hormonas que participan en la excitación. Entonces todo terminó, incluso más rápido de lo que había comenzado.

miércoles, 18 de enero de 2012

Historias ínfimas - La vida en Samuel


Samuel era el nombre del primer vagabundo que llegó a la vertiente. A decir verdad la vertiente no era gran cosa, solo unos tantos litros por día de agua algo turbia, pero era mucho más de lo que Samuel y los que después llegaron tenían.
Creo que fue por unanimidad que se fundó el pueblo bajo el nombre de aquel primer iluminado - por así llamarle -, y fue la fiesta fundacional más deprimente a la que todos los allí presentes habían asistido: Pocas palabras de un fundador ya agonizante, víctima de una terrible intoxicación con plomo (tal vez proveniente de la vertiente), y un brindis con esa agua casi oscura en la que flotaban diminutas - o al menos pequeñas - partículas negras que de a poco se iban acomodando en el fondo del baso plástico de Mc Donals (más tarde descubrimos que la forma de evitar que se vieran las partículas era brindar a fondo blanco, para no darles tiempo a acomodarse).

La población de Samuel no podía tener otro destino que el de todos sus antecesores, comenzando por el de su fundador. Era difícil cambiar el hecho de que todos éramos vagabundos venidos del patio trasero de algún otro pueblo vecino - o no tanto -, pero al menos éramos todos iguales y a la hora de compararnos  no se nos caía el ánimo por ver a alguno más exitoso que nosotros. Además la hipocresía era tal - quizá porque la hipocresía es hija predilecta de la ignorancia -, que a nadie se le ocurría ir a un pueblo vecino para tener otro punto de comparación.

En casa éramos diez: la abuela, a la que el título le había sido dado por el simple hecho de ser la más arrugada y machacada por el tiempo; mi madre, que era la única que tenía la certeza de pertenecer por completo a la familia; el señor al que le decíamos papá, aunque él solo lo era de mi último hermano; y nosotros, los siete hijos (cinco mujeres y dos varones) entre los que había un par que más tarde descubrimos como colados en un ataque de sinceridad de mamá que nos contó que en realidad los robó en un hospital pero nadie quiso pagar el rescate ni adoptarlos, por lo que tuvo que quedárselos. Mi vieja era así: una moral de fierro y una bondad incomparable a la del pan.

Papá, o como se llamase ese señor, era el encargado de traer el pan a la mesa, y lo traía de vez en vez, cuando llegaba tarde y el bar estaba cerrado, solo entonces pasaba por la panadería (por suerte no tenía cultura del ahorro y no se guardaba la plata para gastarla al día siguiente en el bar). Trabajaba en varios lugares, o más bien en todos, juntando lo que a otros les molestaba, pero su fuerte era el basural de la ciudad vecina de Johan (que del vamos tenía nombre de clase alta). Allí terminaba todo el desperdicio de la gente del pueblo, y para nosotros ese desperdicio nos salvaba el día, por suerte el mundo es sabio y se encarga de la distribución: están los que arrojan la basura que genera su buen pasar por este mundo, y estamos los que hurgamos en ella para lograr seguir en el.

Mamá se la llevaba fácil: no lavaba la ropa porque era feo para el vecindario vernos desnuditos mientras ella fregaba nuestras prendas, y cocinar le tocaba de vez en cuando ya que por lo general (y por suerte para ella) la gente de Johan tiraba la comida ya cocida. El tema de los platos era fácil: cada uno lamía los restos del cartón que le había tocado y lo devolvía lustroso al carrito de Carmen - la mayor - , que se dedicaba a la papelería, juntando y vendiendo por monedas el cartón que dejaban afuera los comerciantes del vecino pueblo de Pool (de una clase no tan alta como Johan, pero de equiparable altanería).

Eran solo dos en casa los que tenían permiso para salir del pueblo, ya que los burgueses acaudalados y las ancianas con camisones de seda de Johan y Pool habían decidido tapialar Samuel por dos motivos: para que las ratas no pasaran a sus calles  y para que las otras ratas, las que pasaban por sus calles en coches lujosos camino a la ciudad costera de Margareth (para que hacer alusión al nombre y clase social de este último pueblo) no vieran lo desarreglado de nuestros techos de chapa y la desfachatez de nuestras paredes de cartón.
Para cruzar el tapial y salir al exterior había dos formas: Papá - que era uno de los que salía - le dejaba revisar su costal al guardia y sacarse lo que más le guste; Carmen - un poco más inteligente - lo llevaba a un rincón y para distraerlo mientras pasaba su novio Cacho, le hacía (según sus palabras) una succión amistosa, no se muy bien lo que era eso, creo que mamá también se la hacía pero ella no quería salir del pueblo, decía que ese era su lugar en el mundo (aunque yo creo que en realidad no le apetecía demasiado la caminata). Lo cierto es que el guardia del tapial, al que le decíamos cariñosamente “el gordo Gonzalo”, terminaba el día chocho con su nueva adquisición del saco de papá y sus dos succiones correspondientes.

La abuela estaba complicada, vivía acostada y trascartón, según el medico que la había visto hace un año, si se negaba a comer (con lo difícil que resulta tal negativa en una casa en donde es la comida la que se niega a entrar) no quedaba otro remedio que suministrarle suero para que no fallezca (así le decía mamá al acto de estirar la pata, siempre tan delicada ella).

Dormíamos todos juntos en la única habitación de la casa, que también funcionaba como comedor (solo cuando era necesario). La situación de la abuela había empeorado y mamá, encariñada, había decidido empezar a vender nuestros calzados (comenzando por los de los hermanos mayores) para costear el suero que la mantenía respirando.
A mí, personalmente, cada vez me molestaba más la actitud de los pueblos vecinos, y cada vez tenía más miedo de que le llegara la hora a mis zapatos, con lo filosas que eran las piedras de las calles de Samuel.


Mi cama, o más bien el espacio en el que me acomodaba para dormir, quedaba al lado de la cama de la abuela y la manguera del suero me rozaba la oreja cuando ella se movía - aunque lo hacía cada vez menos -.
Tal vez fue la desesperación al ver que los próximos candidatos a ser malvendidos para comprar suero eran mis tristes mocasines negros, tal vez fue el cariño que en los seis años de uso les había tomado (a los cuatro los encontré en una bolsa). La manguera del suero volvió a molestarme, justo la siesta en la que no podía conciliar el sueño porque las gotas que condensaban en las chapas caían justo en mis pies y mojaban las telas harapientas que tenía como medias. Un escalofrío de bronca acumulada corrió por mis venas y fue derecho a mi mano que arrancó de un solo tirón la jeringa que unía el plástico con la vena ya morada de la abuela.
No sentí ningún remordimiento. Su último suspiro fue tan sordo que en casa demoraron en enterarse de la baja.

Esa fue mi primera muerte y no sentí absolutamente nada.

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Las relaciones comerciales son hermosas, fluyen como el agua en la vertiente de Samuel: A alguien le falta algo que otro necesita, y al otro le sobra lo que el primero anda buscando.
A mis vecinos les faltaba coraje y les sobraba moneda, yo vi el negocio y lo aproveché.
Utilicé las succiones gratuitas de mi madre al gordo Gonzalo para salir de Samuel y  ofrecer mis servicios en Johan y Pool.
Las demás muertes serían iguales, pero ya no serían gratuitas.

jueves, 15 de diciembre de 2011

Juan Carlos para los amigos.

Afeitose el bigote, levantose las pestañas con su rímel nuevo, colocóse su cancán de redes y su campera de cuero, acomodose ambos testículos de modo que no asomaran por la micromini y rumbió para la rotonda de la 127 y Galvez. En la esquina recordó su cartera: desandó el camino y de paso cargó en ella los toscanos y el palote de amasar.

Su caminar era incómodo hasta para mirarlo.

El Polo gris volvió a parar a su lado y con dos golpes de bocina indicó el inicio de la conversación:
-Você  tem o culo sano aún? – Preguntó con voz burlona una sombra de la que asomaban dos bolillas blanquirrojas, doce dientes marfilescos y uno de plata.
-Sí mi negro – contestó sonriente Gissele mientras subía al asiento trasero.
-Esta noite nao se salva – balbuceó guiñando un ojo por el retrovisor.
Gissele abrió su cartera y palpó el palote que asomaba obtuso.
-Alegria não tem fim – dijo mientras sonreía, no por sus palabras sino por su pensamiento:                                                             
-Esta noche te rompo yo -.

domingo, 4 de diciembre de 2011

Retrovisor

Vendo Volkswagen Gol 2007, joya joya nunca taxi.

Esa sería una hermosa descripción para un clasificado aceptable, pero lo cierto es que sería una mentira descarada.

Desde que lo compró le puso la bandera y fundó así su propio negocio, ya era dueño de su flamante remís. Ahora, ya devenido en chatarra, tras kilómetros y kilómetros, tras haber recorrido hasta el más impensado recoveco de la ciudad, tras haber sido el transporte de miles de personas y tras haber escuchado y hasta a veces vivido cientos de historias al azar, el viejo remís ya no era lo que solía ser.

Él hacía generalmente el horario nocturno hasta las nueve de la mañana, decía que así disfrutaba más de sus tardes, que creía más largas que las mañanas. Ese día al apenas asomar el primer vestigio del sol resucitando, recibió por su handy la dirección de su próximo pasaje. Su mañana terminaba de iluminarse y su rostro empezaba a tomar un brillo imposible para cualquier persona a esa hora del día. Hace tiempo esperaba ese pasaje.

Era la tercera vez que ella subiría a su remís, las otras dos habían sido viajes cortos de no más de veinte cuadras en los que nunca alcanzaba a armar una conversación, nublada su lengua del pudor y la congoja que causa el sentirse obligado a decir todo el tiempo algo que no lo hiciera quedar como un tonto, o al menos disimularlo.

Los dos viajes habían terminado con escasas palabras, solo parte del protocolo, pero este debía ser distinto: este sería un viaje de veinte kilómetros en donde era casi obvio que entablar una conversación haría más llevadero el trajín.

Ella subió y saludó como corresponde, justo antes de decirle su destino. Él solo atinó a presionar su handy y repetir el típico “habilitamemarta”, mientras pensaba con exactitud las palabras justas para comenzar el intercambio.

Acomodó su retrovisor para poder verle el rostro y descubrió que ella se había acomodado contra la ventana, como quien espera el primer bostezo pera darle rienda suelta a una siesta en movimiento. Todas sus expectativas se desvanecieron, pero se conformó con ser espectador silencioso de ese sueño, de su figura angelical.

Su pelo de un castaño perfecto, caía sobre sus hombros y culminaba en puntas desparejas, él pensó en lo raros que eran los cortes de pelo últimamente, pero eso no le importó ni le impidió seguir desfrutando de tan generoso espectáculo.

Pocas veces bendijo tanto los posos y los badenes de la ciudad, que con el temblequeo ocasionado hicieron que la cabeza de su pasaje se tornara hacia el medio del vehículo, dejándole ver sus ojos, que, aunque cerrados, seguían hermosos, tanto que con un poco de imaginación esbozó una imagen en su mente de esos ojos abiertos, mirándolo. El sol, que desde la luneta robaba un espacio en su retrovisor, iluminaba esa tez blanca, impoluta, imposible, dándole un brillo casi celestial.

Todo transcurría tan lento y la magia del momento era tan especial que podría haber dado la vuelta al mundo de un solo viaje sin ni siquiera bajar la bandera.

Seguía absorto intentando imaginar qué estaría soñando en ese preciso instante. Le molestó la idea de que fuese otro hombre el protagonista del sueño.

En ese pensamiento estaba cuando los párpados se abrieron suavemente y sus ojos – los de ella – fueron directamente hacia el retrovisor, descubriendo así, infraganti, al espía de sus sueños.

Él no pudo disimular la sorpresa, pero algo hizo que dejara su vista en las dos hermosas esferas celestes. Pensó que estaría pasando vergüenza, pero descubrió sorprendido como los labios del asiento trasero  se arqueaban suavemente devolviéndole una sonrisa y un buen día.

El tiempo se detuvo.
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Vendo Volkswagen  Gol 2007, chocado. Atención desarmaderos.

Él ni siquiera vio la sombra del colectivo al llegar al bocacalle. A veces tenemos la suerte de que nuestros últimos momentos sean los más hermosos de nuestras vidas.

A veces, el amor al volante mata.

martes, 18 de octubre de 2011

Reacción tardía

Treinta y cinco arrugas destacaban sus ojos azul tímido y su mirada difusa parecía estar hace años con la atención en el mismo punto. El bastón temblaba al compás que su mano le indicaba, como tiemblan las hojas en medio del peor otoño. Solamente un índice derecho parecía estar fuera de esa estampa tranquila: se movía al ritmo de un tiempo raro, distorsionado por los años caídos sobre él; de izquierda a derecha cual péndulo errante se movía como si se tratase de un NO rotundo en lunfardo de señas.

Quien hubiera sospechado que sesenta años atrás ese cuerpo, hoy devenido en huesos tiesos sosteniendo carne magra , excitaba a su compañero y lo invitaba en una noche fría de invierno en blanco y negro, a enredarse y retorcerse hasta robarle el último aliento de oxigeno a la vela de una habitación exhausta,  para dejarla a oscuras preparando el descanso a la lujuria pasada; y que nueve meses después ese cuerpo, hoy opaco, iluminaba la cocina de la casa con vida nueva, tierna y fresca vida que veinte años después haría lo mismo con migo.

Quien hubiera imaginado que esas manos hoy cansadas reposando sobre un bastón de gelatina, amasaban el pan dueñas de un estilo casi único que deslumbraba a las vecinas cuando moldeaba y estremecía los estómagos de los vecinos cuando horneaba dejando escapar al aire el aroma fresco del gluten exquisito leudado con la paciencia de la que solo ella era dueña.

Ya era tarde, la pastilla azul que hace unos minutos reposaba en uno de sus dos pastilleros beige, ahora se disolvía en su estómago y este se encargaba de desparramar sus compuestos por todo el cuerpo. La otra, la pastilla roja del otro pastillero, ya había sido camuflada en la carne del canino para que cesase de ladrar y se calmara.

Quien hubiera creído, que el movimiento pendular del índice derecho venía a responder a una pregunta hecha media hora antes.

Los ladridos se hacían cada vez más enérgicos, y el latido de ese cuerpo añoso recostado suavemente sobre el sillón de mimbre se iba aletargando cada vez más, y mas, y más.

Quien hubiera  pensado que la azul era el calmante, y la roja la efedrina que alargaba hasta lo último sus tímidos y difusos latidos.

Quien hubiera dicho que una reacción tardía sería el último acto de su existencia y la culpable de su fin.

lunes, 22 de agosto de 2011

Crónica de una huida esperada.

Estás indeciso, el tiempo se acaba y no llegaste a un acuerdo con vos mismo. Hace semanas la  misma pregunta te da vueltas en la cabeza  pero la evadís constantemente, como hacés siempre, esperando al último momento para que tal vez por azar o tal vez por apuro, la suerte te de una mano y sin querer elijas lo correcto.
Ahora la transpiración se vuelve espesa, y por dentro sentís los nervios de no tener ni la más pálida idea de qué hacer. La bebida parece una escapatoria placentera: te deja ver la cosas de otra manera, y tal vez te prolongue el tiempo en tu cabeza, aunque el tiempo sea el mismo, y se te esté acabando.
Tomás la primer cerveza.
  – Mientras decido – pensás –, pero la primera se hace segunda, y la segunda tercera, y las ideas se confunden con recuerdos. Eso te hace mal, lo sabés: los recuerdos, ahora, definitivamente te hacen mal.
  –Hay que mirar para adelante – decís en voz baja –  , y el barbudo que se sienta a tu lado en la barra algarrobezca y despintada, empieza a sospecharte ebrio. Lo mirás: tiene al menos  veinte años más que vos y todas las noches se pasa el tiempo en ese bar, mata el tiempo, se lo toma, como a una cerveza. Lo conocés pero no sabés de donde, lo conocés como se conoce alguien que ha vivido toda su vida  en el mismo lugar que vos. Demasiado tiempo toda una vida.
Tu pierna derecha empieza a temblar,  siempre tiembla en momentos tensos.
  -No voy a terminar así – decís decidido mientras el barbudo confirma su sospecha. No querés la rutina del bar todas las noches, la resaca por la mañana, camisa blanca y corbata negra hasta las cinco de la tarde, los domingos: fútbol  y vuelta a empezar el lunes. No querés eso, o al menos querés hacerlo con alguien que valga la pena.
Pero está muy lejos, ella está muy lejos, y eso es lo que venís evadiendo hace más de dos semanas. Sabés que tenés que tomar la desición: quedarte con tu reconfortante pero solitaria vida, seguir con los mismos amigos, la misma única cosa que hacés bien, el mismo trabajo en el que sos exitoso (por casualidad);  o dejar todo, todo por algo incierto, algo que te late en el fondo del corazón, que no te deja terminar esta cerveza. Dejar todo por algo, por alguien con quien compartir  tu reconfortante vida, pero a riesgo de perder todo lo que en la vida te resulta reconfortante.

Ahora tu pierna tiembla más fuerte que antes, el movimiento ya es molesto para tus vecinos de barra.
 - Mal sexo – dice el cantinero, mirando el temblequeo compulsivo.
La quinta cerveza queda a medio tomar en la barra, el barbudo la aprovecha.

 Agarrás tus bolsos, arrugás tu ropa adentro como intentando acomodarla mientras vas poniendo sobre ella los retratos boca abajo, para que no te miren, para que no te cambien la idea. El cole sale en quince, vas a dejarlo todo, vale la pena dejarlo todo.

Ella vale la pena.

domingo, 7 de agosto de 2011

La historia de la hombrunidad.

En el principio de los días Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, con barro que encontró a orillas del aún no bautizado Nilo. No le llamó muñeco de barro porque quería que fuese un ser respetado, le pareció más apropiado buscar una nueva palabra con menos doble sentido que “muñeco”. Hombre era la palabra perfecta, y así lo llamó, y lo creó como ya dijimos, a su imagen y semejanza, pero lo más importante es que lo creó como único representante de su especie, solo el hombre y  nadie más.
El primero de ellos, que por ser primero fue el boceto, además de hombre se llamó Adán como para diferenciarse de los demás que seguían surgiendo de la orilla y se iban secando el barro entre los yuyos hasta quedar hombres “de punta en blanco”, que en realidad es un dicho, porque quedaban de punta en negro ya que todo esto sucedía en Africa y el sol en esos lares dora hasta los más albinos, la decoloración se daría más adelante  con la llegada del arroz y el dermatólogo de Michael Jackson.
De a poco los hombres iban creciendo en cantidad y en tamaño,  los más viejos, entre los que se encontraba Adán, iban organizando el tema.
 – Usted que es petiso me corta la maleza así los altos no nos jodemos la cintura – decía.
 – Usted que es alto me junta las hojas para la ensalada del medio día – agregaba mientras se transformaba sin saberlo en el primer demócrata de todos los tiempos y en el primer amo de casa, ya que su deber era la cocina. Pero en ese entonces nadie se reía del deber del otro, ya que no había deberes tildados como femeninos, de hecho, la palabra femenino no existía (aunque ya se vislumbraba la palabra felino).
Así de a poco se fue dando la que más adelante se conocería como la “comunidad del hombre solo”, que por ser un nombre dado por el hombre, era un nombre simple, porque el mismo hombre era simple y no perdía su valioso tiempo en ponerle nombres raros a las cosas.
Pasaban sus días avocados a tareas de investigación. No trabajaban ya que no había mujeres en su casa queriendo cambiar el juego de dormitorio o los muebles de la cocina, se alimentaban de frutos y animales que conseguían en el paraíso, no en un mercado sino en el mismo paraíso (el mercado fue creado más tarde para librarse un rato de las mujeres y entretenerlas haciendo  compras). Cuando no estaban comiendo o durmiendo, los hombres investigaban, y no investigaban sobre cosas diversas, las investigaciones estaban bien fijadas y todos juntos investigaban sobre formas geométricas y rayos catódicos. La meta era muy simple: inventar un deporte que se jugase con una pelota esférica y un aparato que les permitiera ver los juegos tranquilos desde el sofá de su casa, a este último ya lo había inventado Adán en uno de su primeros días en el paraíso, mucho antes de inventar la nuez por la que fue mundialmente conocido.  
Con el aumento de hombres en la comunidad, pronto aprovecharon su gran número y fijaron un nuevo grupo de investigación para otra nueva meta: una bebida a base de cebada que serviría para hidratarse mientras miraban su futuro nuevo juego desde su casa,  en su futuro nuevo aparato.
El cuerpo del hombre era perfecto, y si no lo era no importaba ya que aún no se conocía nada sobre el término “estética” que sería creado mucho más tarde, en otra era, en una barbería de mujeres. Solo algunas veces se veían imperfecciones en las caras, pequeños cráteres sobre la nariz, debido a que el barro de la orilla se había acabado y ahora lo mezclaban a mano, lo que a veces hacía que la mezcla fallase, pero a nadie le molestaba.
Cada órgano del cuerpo cumplía solo una función (porque el hombre era y es de naturaleza simplista), por ejemplo: el pito (que en la era siguiente, por un sentimiento llamado “pudor” sería rebautizado “pene”) solo servía para orinar  y en las historias clínicas no se veían enfermedades modernas como la eyaculación precoz y la impotencia. Solo existía una enfermedad de este órgano llamada “erección” , cuyo síntoma más importante era el desvío descontrolado del flujo de orín a la hora de embocar en el inodoro, pero los médicos no la combatían en absoluto ya que los inodoros no tenían “tapas”, de hecho, creo que se le decía inodoro a un rincón del patio dedicado a desechar los jugos internos. Los infartos tampoco existían  ya que el corazón sólo tenía que latir y no tenía que preocuparse por andar sintiendo cosas ni regalándose falsamente a señoritas de una noche.
Adán, como todo inventor orgulloso de su invento, comía nueces por doquier, pero un día ya harto de aceite quiso cortar el gusto amargo con una manzana. Dios había querido prevenir a la hombrunidad de este fruto tan pecaminoso y alertó de su peligrosidad con un recuadro rojo que rezaba “MUY  IMPORTANTE” en la primera página del manual de instrucciones del paraíso, pero como es sabido, el hombre no lee estos manuales a menos que tenga una madre o una esposa con el lavarropas descompuesto, y como ninguna de estas dos cosas existían en ese entonces, Adán, inocentemente se convirtió en partícipe de un hecho histórico que daría inicio al tomo dos del libro de “historia de la hombrunidad” con el capítulo : “Adán, el boludo de la nuez, tenía que comer una manzana” .
A modo de castigo, Dios creó una nueva especie  que dedicaría su vida a complicare las cosa a los hombres, de hecho lo primero que hizo fue cambiar de era y ponerle a la suya “era de la humanidad” dándole fin así a la de la “hombrunidad”  que a su criterio sonaba machista. En esta nueva era también alguien se comería otra manzana, pero esta vez sería una mujer.
A estas alturas resulta obvio que el libro de “historia de la hombrunidad”  fue destruido por una turba iracunda de mujeres  debido al  insano capricho de la nueva especie de querer ser las primeras en todo, hasta en comerse la manzana. 

miércoles, 23 de marzo de 2011

Ella durmiente

Veo sin mirar tus labios cada vez que cierro estos ojos que no cierran, que no apagan, que no dejan de atormentarme con imágenes, excepto cuando veo, sin mirar, tus labios.
Respiro. Respiro el perfume, respiro el aire que tus labios exhalan. El aire. El perfume de tu aire. Y mi piel se pone como de gallina y siento, siento el perfume.
Me acerco, trato de rozarlos como quien siente la necesidad irrefrenable de tocar algo que sabe caliente. Sé que me quemarán, igual intento tocarlos con mis labios.
Pero es sabido que no puedo, siquiera rozarlos, siquiera con los dedos.
Me retiro, hago uso del único sentido en el cual confió ciegamente: mis ojos. Sí, paradójicamente, contradictoriamente, confió ciegamente en ellos.
La belleza de tu boca aterciopelada, adormecida, entumece la mía. Tan solo la vista (el mejor sentido si se lo acompaña con una dosis de imaginación) me trae leves reminiscencias de cuando pude tocarla, de tus besos de budín y caramelo, de lo mucho que pude disfrutarla, de lo poco que la disfruté, pero de lo dulce que fue ese poco: ese dulce que ahora imagino de solo verla, a tu boca, de respirarla.
Me alejo un poco más y contemplo el todo. Todo tu cuerpo tendido, toda tu inocencia, la de tu sueño, la de tu forma. La inocencia de esas piernas largas, perfectas, que aún no saben de lo mucho que serán capaces, de lo mucho que conseguirán. La inocencia de tu cintura en cuarto menguante que solo se deja ver desnuda en los escasos centímetros entre el elástico del pijama y el ruedo de la remera, pero se deja imaginar completa, recorrida por caricias, besada, descubierta por un naufragio de besos que llega empapado a su orilla y que cualquiera sospecharía que naufragó allí intencionalmente.
Tus pies descalzos lo dicen todo. Tus uñas sin pintar completan tu inocencia. El contorno tan perfecto de tus pies, tan buscado por la ortopedia, y en ellos la piel tan suave, tan buscada por la dermatología. Completamente suave, completamente limpia, pero completamente incomparable con la otra piel, la que ahora me distrae de tus pies.
Me acerco a ellas, a tus mejillas, la luz del sol que por la siesta se cuela entre los escasos espacios que deja la cortina, hace que se vean más resplandecientes, más morenas, más hermosas, más inalcanzables. Imposible no sucumbir  en el deseo de rozarlas también con mis labios. Imposible no volver a darme cuenta de lo que entendí al principio: el tacto de mis labios ya no existe, y eso duele. Como si fuera el peor castigo divino al más infame de los pecados. Duele.
Tu figura ahí recostada, completamente hermosa y visible pero absolutamente distante e  impalpable… Duele.

sábado, 19 de febrero de 2011

El hombre invisible

Jugar al hombre invisible no es tan emocionante como lo vemos de chicos.
A veces hay cosas que nos resultan imposibles, inalcanzable, las anhelamos tanto que suponemos que si un día la alcanzáramos, la felicidad absoluta llegaría a nuestras vidas para quedarse.
Mentiras! – Digo gritando – Toda mi infancia mi juego preferido, el que jugaba antes de dormir sin contarle a nadie, fue el hombre invisible: imaginar que podías meterte donde quisieras a ver las cosas que pasaban mientras vos no estabas, principalmente mientras los demás pensaban que estaban solos, ya que cuando estamos bajo la única compañía de nuestra propia soledad, somos realmente nosotros, con nuestros errores y nuestros aciertos, con aquellas cosas que nos encanta hacer pero que jamás haríamos en público: conquistar el espejo, besar nuestra almohada sin que nos importen la plumas, como si fuera la mujer de nuestras vidas y no nos molestara en lo más mínimo que no se afeitase en invierno, y tantas otras cosas que hoy me dan vergüenza contar, por más que ustedes no sepan quién soy, por más cierto que sea que jamás vayan a conocerme.
La idea me tentó e inmediatamente miré a mí alrededor buscando a alguien que me convenciera de quedarme en el molde. Absolutamente todos avalaban mi idea, es decir, ninguno se percataba de mi existencia. Si vamos a hacer esto, que valga la pena – pensé para mis adentros, aunque ya a estas alturas, los confundo con mis afueras sin que eso signifique pensar en voz alta -. Por supuesto y tal como ustedes lo sospechan, fui a su casa: si este era mi último día en este estado y con estas posibilidades, quería darme el gusto de verla en la intimidad, y si por el contrario, este estado seguía por el resto de mis aburridos días… no importa, igualmente quería que ella fuera la primera que disfrutara sin saberlo de mi ausencia presencial.

A estas alturas cualquiera de los lectores pensará de mí que soy un pervertido, solo porque sacaron de contexto eso de verla en la intimidad. Nada más quisiera aclararles que no pueden estar más lejos de la realidad: para mí, verla en la intimidad no era ver como se bañaba, ni mucho menos aprovecharme visualmente de su desnudez, no señores: cuando uno se enamora, estas cosas pasan a segundo plano (a diferencia de cuando uno se calienta) y no me dejen mentir: ninguno de ustedes ha osado masturbarse pensando en la mujer que ama ( y pienso que esto rige para los dos géneros), es algo que uno no se permite al menos hasta dos meses después de comenzada la relación. Está claro que en mi caso la relación jamás comenzaría, por lo tanto estaba condenado a amarla en su pulcritud, sin siquiera pensar en verla mientras se cambiaba.
Pero para que me entiendan mejor, volvamos un poco en el tiempo:
Ella para mí, jamás sería una mujer cualquiera: recuerdo cuando nos conocimos tenía apenas doce tiernos años, recuerdo que yo también los tenía (aunque no tan tiernos). Recuerdo que no podía dejar de mirarla, que la timidez me hacía correr la vista cuando sin quererlo me cruzaba la mirada; que la primera vez que le hablé,  no pude decir más de dos sílabas antes de que se me empezara a entrecortar la voz; que la dulzura azul que dispersaba su mirada no me dejaba mirarla a los ojos sin que se me hiciera un nudo de corbata en el estómago y se liberara en él una invasión de mariposas aterciopeladas.
Después… entreverada entre tanta dulzura… simplemente desapareció.
Nadie sabe, ni siquiera yo mismo recuerdo cuanto me dolió dejar de verla de un día para el otro, como si la hubieran abducido desde quien sabe que nave; nadie sabe cuánto me costó, pero supongo que las ausencias generan olvidos involuntarios, y así pasó: la olvidé, la borré de mi memoria.
Algún vestigio debe haber quedado de ella en mi subconsciente, como las secuelas a largo plazo de una rara enfermedad, porque bastó con volver a verla hace unas semanas atrás en la cola del banco para que todo eso que pasaba en mi estomago saliera de la caja de olvidos involuntarios en la que descansaban hace tiempo y volvieran a mi zona abdominal. Y bastó también con que me contara de su tan feliz relación, para que otra vez, como hace doce años, se me partiera no se qué parte en el pecho, sin poder gritar del dolor.

Hoy finalmente me decido y entro, sin violentar cerraduras, sin romper ningún vidrio. Mi cuerpo ya no reconoce barreras materiales. En las penumbras de una habitación traslucida por la luz de la luna llena, está ella en inocente posición horizontal, dormida sobre la cama sin desarmar, como si el sueño le hubiese ganado antes de correr las sábanas. Me acerco, respiro muy cerca de ella y hasta pienso que podría despertarla, pero mi respiración ya no es como antes. Solo atino a quedarme ahí, contemplando como quien ve un paisaje majestuoso. De la nada, como parte de un sueño delator, susurra un nombre, me quedo frío. Un temblor recorre mi cuerpo, después…  después impotencia.
En el juego, el hombre invisible tomaba una píldora y recuperaba su visibilidad, eso es lo que quiero hacer, despertarla y decirle que ahí estoy, pero es imposible: jugar al hombre invisible  era mágico cando era un juego, jamás pensé que en la realidad pudiera dolerme tanto.

miércoles, 9 de febrero de 2011

Despidiendo-me

La gente disfruta de la desgracia ajena, es algo que no puede evitar: seguir a los bomberos, amontonarse en los accidentes y cosas por el estilo. Hay algo peor que eso, hay gente que disfruta de la desgracia, pero hay quienes caen más bajo, hay quienes disfrutan del sufrimiento ajeno.
Ir a un velorio con el solo fin oculto de ver cuanto lloraba la familia del difunto, para después salir y discutir quien sufrió más la pérdida: eso, eso es caer bajo, es el hoyo en el pozo.
Dos señoras (o al menos con la suficiente edad para serlo) cruzan la esquina y se dirigen como quien quisiera a sus casas. Quiso el destino que la sala de velatorios les quedara justo de camino, y al pasar rutinariamente por el mismo lugar se les ocurre (todo debido al tiempo del que disponen, o hablando mal y pronto, a estar al pedo) su deporte vespertino. Ir a entierros y velorios.
Ni siquiera las conozco, jamás en mi vida las he visto, pasan por delante de mi sala de descanso provisorio, se miran, se guiñan, apuran el paso y a la media hora vuelven: ya más formales, de ropas más oscuras. Pienso que estoy equivocado, que estoy prejuzgando, solo porque vengan mejor vestidas que hace treinta minutos y estén en la cuadra de la sala, no quiere decir que van a entrar; pero no me equivoco, muy a mi pesar, no me equivoco.
Entran, se miran, y parecen empezar una carrera: ver quien descubre cual es la madre del eterno morador del féretro que se exhibe. No es una tarea muy difícil: Mi vieja está destruida, sin conciliar el sueño al menos desde hace treinta y cuatro horas, y con el agraviante que la desfigura más: ella fue a reconocerme ya que no suelo llevar identificación en la billetera; así de mal está, tan mal que cualquiera la reconocería, no es para menos, acaba de ser víctima de un suceso anacrónico de los más temidos: ningún padre debiera enterrar a un hijo, ninguno.
Basta con un golpe de vista, para que la más gorda de mis nuevas visitantes dé con mi vieja. Codea a su compañera, posiblemente su vecina, y le señala con la vista la ubicación exacta. Pienso que ya está, que ya más bajo no se puede caer, pero vuelvo a equivocarme: se disponen a abrirse paso entre mis más allegados, los que más están sufriendo (son fáciles de distinguir porque son los que rodean el cajón y rezan en voz baja) y sin bacilar, como si la vergüenza fuera una utopía para ellas, un invento que nunca prosperó en sus inmundo seres, se dirigen a saludar a la que reconocieran como mi progenitora.
Por suerte, y para regocijarme con el sabor de la venganza, mi hermano mayor tiene un sentido del humor exactamente igual al mio, al que mi vieja nunca le gustó, humor con el que tanto nos vengamos. Siempre nos gusto reírnos silenciosamente de la gente mala leche (porque no hay otro adjetivo que defina mejor a estas señoras).
Una de ellas se le acerca a mi madre y la abraza, la pobre responde el abrazo con un gracias, como lo hizo toda la tarde. La acompaño en el dolor – dice- y no puede quedarse callada, necesita agregar algo para confirmar lo que tan obvio es. Con un dolor fingido y muy mal logrado larga la frase que la condena a su futura y tan merecida vergüenza: Debe ser feo enterrar a un hijo - sentencia como quien descubre una verdad nunca antes dicha – y mi hermano está a punto de largar un chorrito de baba pero se contiene, le toca entrar en acción:
- No señora, ella era su amante, al finado le gustaban las veteranas.
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Nada en esta imagen tan triste, en esta tarde de velorio me emociona, ni siquiera siento lastima de mi mismo, frío y tieso con una pose incomoda en la que jamás hubiera dormido siquiera mi sueño eterno. Estoy empezando a creer que en este estado inerte los sentimientos vuelan ajenos al alma, desparramados por ahí sin encontrarse nunca con su dueño. Casi me lo creo.
Miro hacia la entrada del salón, comienzo a despedazar mi teoría del párrafo anterior. Una lágrima rueda invisible e impermeable por mi mejilla. Quisiera volver al cuerpo que yace inmóvil en el centro de la escena para correr a la puerta y agradecerle por darle sentido a esta tarde tan insensible, pero no se me está permitido, es una capacidad que solo los mortales tienen: expresar sus sentimientos, capacidad que muy pocos usan.
Ella entra y sin saludar (no conoce a nadie de mi entorno) se acerca a mi ex “yo”, hace un ademán con su diestra que comienza en su frente, sigue en sus hombros y termina en su abdomen. Todos la miran, nadie la conoce. Una lágrima aparece vergonzosa llenando sus ojos de brillo, se acumula, se aferra al lagrimal para no caer, pero no lo logra: cae y humedece su mejilla.
Me conmuevo, rompo en llanto, en mi llanto tan estúpido, en mi llanto invisible e impermeable.

viernes, 4 de febrero de 2011

Ella, la sumisa.

Una fila serpentea por todo el lugar. Suspiros, abucheos, un cajero se levanta al baño mientras la mitad de la fila le recuerda los vicios de su madre. La gente en los bancos se vuelve misteriosamente intolerable y eso, aunque misterioso, es algo lógico: los bancos son los únicos lugares en donde hay que hacer cola para pagar.
Yo no me exaspero, al contrario, debo ser el más tranquilo de la fila, sospecho que la gente en unos minutos también se va a enojar con migo por estar tan tranquilo, mi bajo perfil (o mi cobardía si es que así quieren llamarlo) me impide emitir sonido alguno de agravio contra la entidad o sus trabajadores. Aprovecho el tiempo en la cola para filosofar sobre algunos temas que me dan vueltas por la cabeza, hoy me ocupo de lo compleja que es la sociedad y sus prejuicios. Algo interrumpe mi vuelo, algo llama mi atención, un frío seguido de petrificación recorre mi cuerpo de pies a cabeza y endurece hasta esas zonas que uno evita endurecer cuando lleva pantalón de vestir.
A diez o doce personas de la caja (esta es la unidad de medida universal que rige en los bancos), inspeccionando sus uñas y tratando de no caer en la vulgaridad del deshonor hacia los cajeros, una cabellera castaña que acabo de reconocer, hace que mi mente se aleje de la realidad del banco y comience a tener pequeños pantallazos de mi tan feliz adolescencia (todavía no se de que adolecía, pero así le dicen a esa etapa).
Secundaria: cigarro en la hora de lectura, recreos interminables, ella que mira yo que la miro, aviones de papel que atentan contra los preceptores, las miradas no se cortan, está todo dicho: mientras dos de quinto le pegan al gordito nuevo de primero, nosotros, con solo una mirada que duró eternos segundos, acabamos de pactar que afuera, lejos de toda esa monotonía diaria, definiremos nuestra situación.
No hemos hablado más de dos veces en nuestra vida, y las charlas se redujeron a saludos y cumplidos de esos que emite la gente cuando se cruza por ahí: Hola, que tal – dice uno -, bien – responde dos – para que uno culmine con el cumplido más escuchado de todos los tiempos: me alegro.
Más allá del inconveniente de apenas saber su nombre, se que a la salida los dos querremos hablar de lo mismo (y no hace falta que explique). Pienso y ensayo todas mis palabras – ella no parece ser de esas que se conforman con frases universales para este tipo de situaciones – debo ser original.
Ya todo está pensado y voy saliendo de la escuela mientras repaso todo lo que diré.
Una silueta femenina, aparentemente rubia (no distingo porque voy pensando), se para frente a mi como esperando un gesto de sorpresa, como estás? – dice fingiendo dulzura – y consigue el gesto que estaba buscando: la que hasta dos semanas atrás fuese la mujer de mi vida, aquella que decidió dejarme por uno de quinto, hoy me pregunta como estoy, como si no me hubiera costado secar las lágrimas de la almohada y comenzar a olvidarla, me pregunta como estoy. Ella es de la clase de mujeres que dejan a alguien sólo para después sentirse extrañadas, eso les da una rara satisfacción, sarcasmo, pero yo creo que en realidad se preocupa por mi. Bien, vos? – Indago – mientras se borran todas las palabras que tenía pensadas para la otra, la sumisa, la que espera afuera expectante a mi salida. La desalmada de mi actual ex responde a mi pregunta con vos aparentemente dulce: bien – dice – y me alegro que vos también lo estés – remata - y logra que yo, estúpido, me olvide de haberla olvidado y comience a fantasear con volver al viejo amor.
Seguimos nuestros caminos, salgo de la escuela. Ella, la sumisa, todavía espera afuera, pero mis sentimientos han cambiado, solo atino a enfrentarme y con vos tajante decir: disculpa, pero vengo de una relación algo complicada, y estamos tratando de rehacerla (y lo peor es que yo mismo me creo la frase). No hay problema – dice con la vos cortada – solo quería que sepas que me gustás – culmina mientras baja la cabeza y emprende su interrumpido regreso -.
Demás está decir que mi ex solo me histeriqueaba, y que me arrepentí de haberle y haberme mentido de esa manera a ella, la sumisa, y a mi.
Ya hacen largos doce años de la situación que me llevó a querer extirpar mis testículos por largos meses, ya no recuerdo cuantos. Ahora ella espera su turno, de espaldas a mi, aireando su pelo de tanto en tanto y haciendo que ese ademán me estremezca hasta el último centímetro de uña del dedo gordo del pié derecho, y digo solo del derecho porque en el izquierdo sufro de insensibilidad cuando estoy mucho tiempo parado.
Debo pensar rápido, inventar algo para entablar una conversación, nada se me ocurre y trascartón, tengo el problema de abstraerme de la realidad cuando pienso muy intensamente.
Así estoy en la cola, abstraído de la realidad, pensando una estrategia, cuando alguien se ve con derecho a interrumpirme: como estás? – pregunta - y se me acaban de quemar todos los papeles: ella ya terminó su turno, salió de la cola y me encontró, posiblemente mirando el techo, boquiabierta, como suelo ponerme cuando me abstraigo de la realidad. Las siguientes palabras que salen de mi boca no son muy memorables, ni siquiera son palabras, sino sílabas entrecortadas, y sinceramente no recuerdo la conversación (porque la memoria es selectiva y me hace olvidar de mis papelones), solo recuerdo las últimas dos líneas:
- Vamos a almorzar?.
- Dale!
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Lo que me imaginaba como un almuerzo antesala para una salida nocturna, terminó, muy para mi sorpresa con ella (la sumisa, la que hace doce años me esperaba fuera de la escuela para que yo cometiera el que hoy distingo como el peor error de mi vida), contándome lo bien que le había ido, a saber: Su feliz noviazgo y futuro matrimonio con un adventista chileno, futuro abogado, de doble apellido y por lo tanto de buen pasar; su último y reciente logro como psicóloga a punto de abrir su propio consultorio y otros detalles que no me gustaría traer a colación.
El resto del almuerzo transcurrió sin mayores complicaciones, tal como debía después de tamaña declaración que no jugaba a mi favor, me comporté (muy a mi pesar) como un conocido que solo se interesa en charlar para despuntar el vicio, y no con fines sentimentales ocultos. La despedida fue simple, y el viaje de regreso a casa se volvió una tortura, me acordé nuevamente de mis testículos pero al fin los dejé en paz – si me iba a amputar un miembro por cada desencuentro generado por mi propia negligencia, no me quedaban ya muchas chances, ni muchos miembros - recordé entonces una estadística leída al pasar: el 75% de los matrimonios terminan en divorcio, y un 80% de esa porción no tarda más de cinco años en llegar a la separación.
Me tranquilicé: sabía que si ella formaba parte de las mayorías estadísticas, se casaría con el abogado de buen pasar, tendría hijos (aproximadamente dos) y a los cinco años – meses más, meses menos – se cansaría de la monotonía de su vida tan segura, se aburriría de su matrimonio (los abogados no solo aburren en los tribunales, dicen que en la cama también, dicen) y se divorciaría. En ese momento, cuando yo viera en la situación sentimental de su facebook “es complicado”, y semanas más tarde “divorciada”: sería el momento de entrar a escena, de ser su LADO B, la parte feliz de su segura y monótona vida, un diclofenac para su corazón entumecido.
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Hoy la veo desde arriba, todavía consternada en esa esquina, tan sumisa como en la secundaria, se (y un poco me gusta) que ella también me tenía dentro de sus posibles segundas oportunidades, solo eso me tranquiliza. Ahora, desde mi posición será un tanto complicado, tendré que conformarme con saber que esta vez no fue mi culpa, que no fui yo, sino el destino el que dejó a esta historia sin una mínima posibilidad de un final feliz.

martes, 1 de febrero de 2011

Inconsciente el colectivo!

Esto es raro, casi que muy, hasta me parece que estoy siendo el personaje de una macabra canción.
Hasta hace unas horas todo estaba bien: volvía del trabajo, iba a mi casa, probablemente pelearía con mi novia por cambiar el fútbol de los Miércoles a los Lunes; problemas normales, cosas de la rutina, nada de otro mundo y todo demasiado de éste.
El mp3 tocaba Spinetta - no es Spinetta de Pescado Rabioso - el otro, el de ahora: el de "una mañana". Por calle Moreno todo siempre parece muy normal, la gente camina en direcciones diferentes (como en toda ciudad chica), y no hay posibilidad de seguir al montón (justamente porque el montón no existe). Uno camina solo por calle Moreno, saludando a quien quiere y esquivando a quien no con el ya conocido ademán de ir escuchando a Spinetta - el de ahora - y mirando las baldosas que pisa, como si este fuera un dato visual más interesante que mirar a quien pasa.
Justamente en eso estaba y variaba mis pensamientos entre los dibujos formados por las baldosas y el nudo desproporcionado de mis zapatos negros de descarne (color feo para el descarne), cuando me acerqué a la esquina de San Martín (la única con semáforo, como en toda ciudad chica), me distrajo un detalle que hubiera sido insignificante y normal para cualquier hijo de vecino, pero quien sabe porque me sorprendió: el Spinetta de ahora se sacaba el saco y no se ponía el pongo, sino una remera deshilachada, al tiempo que rejuvenecía unos 30 años, suavizaba su voz y empezaba a contarme al oído la historia de aquella muchacha de ojos tan particulares, de papel; y lo más impresionante: todo ocurría en un mp3 de escasos 4.5 centímetros como si allí dentro tuviera yo guardada parte de la historia del rock del país. Justamente en eso estaba cuando me acercaba - como ya les dije - a la intersección de Moreno y San Martín (los dos típicos próceres que se encuentran en una esquina), y quizá por mi tan extraña distracción no reparé en que las baldosas dejaban de ser tales y comenzaban a ser una sola, negra y sin dibujos, solo con constantes rayas blancas (de pintura) que se cruzaban perpendiculares a mi elegante paso.
Bocina y pastilla de freno se mezclaron en un solo sonido (yo no se porque la gente toca la bocina si con tocar los frenos obtienen los mismos resultados), la línea San Cayetano, la única de la ciudad - como en toda ciudad chica - y su amarillo viejo irrumpieron en mi vista y en mi imaginación así como los despertadores irrumpen en los sueños más hermosos en el momento menos esperado. Spinetta - ahora el de antes - pasó primero a ser un segundo plano e inmediatamente después desapareció de la escena, empujado por el sonido conjunto de bocina y pastilla de freno (desperdicio de sonido, como ya diserté al principio del párrafo); el siguiente sonido en un principio me pareció un disco roto (quizá una reminiscencia que me trajo el flaco y su muchacha de ojos tan fuera de lo común, de papel), pero al instante caí en la cuenta de que el sonido era de pasta quebrada, sí, pero no de pasta de disco sino pasta de hueso. Algo rojo y caliente inundó mi ojo izquierdo y luego expandió su calor húmedo por mi mejilla.


Creo que acabo de apretar la tecla "ALT" en el Miltdown Madness (triall version)y cambié la vista a vista aérea, es más, creo que estoy manejando el colectivo, ya que es lo primero que veo desde arriba, y la ciudad -desde mi ángulo- parece paralizarse.
Spinetta ya no suena - ni el de antes ni el de ahora - y no encuentro los auriculares, miro en ademán de buscarlos y no encuentro nada, solo me detengo en ella, que mira pasmada en la esquina, no alcanzo a ver que dice su rostro - quisiera que diga dolor y no lástima - pero no alcanzo, no lo puedo describir. Solo me hace acordar a la muchacha, la de Spinetta, la de los ojos tan raros, de papel: impregnando de ternura una imagen que tan poco tiene de tal cosa.